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Una historia tantas veces contada



Por: Julio Raudales

Al final se reeligió. A la brava, como lo hacen los cuatreros que en la noche asaltan la paz de la vivienda donde la familia yace confiada en pos del descanso reparador.

No podía ser de otra manera; sistemáticamente, tesoneramente se le dijo que no lo hiciera. Lo prohíben la constitución y las leyes, también el clamor popular, los medios, la opinión pública… ¡En fin! todo aquel que posee algún sentido estoico de la realidad se lo advirtió. 

Pero no hizo caso. Pudo más la ambición desbordada, el ansia de poder; los canticos desaforados de los áulicos, o quizás la avidez desmesurada de gloria o ese afán abyecto, aunque entendible que los humanos sentimos por inscribirnos en la eternidad, para bien y ya de perdidos, para mal.

Pese a las dudas razonables, pocos ponían en tela de juicio el éxito de su dislate. “Lo bueno debe continuar” le decían los adláteres y con la consigna por bandera avanzaban hacia el quiebre inexorable de una sociedad que, pese a los discretos avances de los últimos años, se verá condenada al retroceso sistemático ocasionado por las gracejadas de su líder ambicioso.

El procedimiento para justificar el desaguisado no era nuevo: lo utilizó Oscar Arias en Costa Rica para avalar una reelección prohibida por la institucionalidad. El alegato de la violación a su derecho de ser electo ya fue desestimado por Naciones Unidas, pero no importa, en estos países las cosas suceden sin que pase nada. Unos días de revueltas callejeras y después todo vuelve a la normalidad.

La oposición pasó por todos los estados de ánimo: primero la exultación, luego la perplejidad, la inseguridad, el desasosiego, la frustración y por último la rabia. Las cosas parecían marchar desde los últimos días de la campaña. Aunque denunciaron nacional e internacionalmente la prohibición, se anotaron al proceso confiando en el apoyo popular. Pero los recursos y capacidad de compra de conciencias de quien detenta el poder son infinitamente más efectivos y ahora pueden ver los resultados concretos.

Los conteos iniciales pusieron la alerta. Los votos de la oposición parecían indicar la marcha de la debacle. Entonces recurrieron a la vieja treta del apagón o la caída del sistema. El PRI dejó su escuela no solo para los mexicanos, sino para el usufructo de las ambiciones desmedidas de cualquier canalla latinoamericano que quiera aprender. Algún manual debe existir, porque cada vez que hay necesidad se repite como calca.

Después vino el capítulo de los votos rurales, que al final son la burda explicación de la falsa reversión que solo ayudará a hundir más a este pobre país ya podrido por tantos entuertos ancestrales. Pero también es una treta repetida tantas veces para justificar fraudes y gobiernos dictatoriales.

Y como siempre, las misiones de observación electoral, la de la OEA o de la UE y otras, tratarán primero de señalar errores, luego de justificar si así lo ordena la “patronal”, un triunfo injustificable por la moral y también por la “inveterata consuetudo”, porque si sucedió en otros lares, no hay motivo para no dejarlo pasar aquí. ¡Qué terrible tragedia la de la democracia que, lejos de hacer política, hace des-política!

Seguramente el avezado lector ya percibió que no hablo de Honduras. El cuento es tan sencillo que se repite una vez más, pero ahora con un halo socialista. Mi pregunta obligada es ¿Cómo lo están justificando mis amigos de la izquierda?

Decir que Evo representa el cambio en Bolivia, que ese país no existía antes de la llegada del líder cocalero da pie para que los del otro lado justifiquen atropellos. Lo mismo dicen algunos españoles del Generalísimo o algunos chilenos de Pinochet. Siempre habrá una razón en la sinrazón. No, no hay manera de ser inocentes. Justificar esta barbaridad nos quita autoridad para redimirnos políticamente y sobre todo para salir a la calle a protestar contra la dictadura doméstica.

Latinoamérica está herida y parece que seguirá así por un buen rato. Por el norte, por el sur y también desde su cinta central. Lo peor de todo es que son sus hijos e hijas quienes la carcomen y reducen paulatinamente al deterioro y la pobreza. No aprender la lección de la racionalidad nos llevará al ostracismo y la desventura de nuestra descendencia. Todavía estamos a tiempo de recapacitar, hagámoslo por amor a ellos. 

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