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Para salir del dulce abismo



Por: Julio Raudales

El Foro Económico Mundial publicó hace algunas semanas, su ya tradicional informe sobre competitividad global.

Este año, el elemento analizado es “La cuarta revolución industrial y la forma en que los estados están enfrentando sus retos”. 

El informe publica además el Índice de Competitividad Global, en el que Singapur, Estados Unidos, Hong Kong, Holanda y Suiza lideran el medallero. Esto se explica fundamentalmente por la libertad económica de la que gozan sus empresarios y consumidores, pero además por el continuo avance en sus sistemas educativos y de salud, su infraestructura y, sobre todo, por la fortaleza de sus instituciones.

Honduras no avanzó ni retrocedió. Se mantuvo cerca del fondo del abismo en el lugar 101 de 141. ¡Bueno! Veníamos en caída libre desde el 2015 y en total hemos descendido más de 20 puntos desde el 2008. Resulta preocupante la involución que el país viene experimentando desde que la “generación X” tomó las riendas sin saber exactamente qué hacer frente a los retos de principios de siglo.   

La evolución es una idea poderosa. Pero sobre todo es una idea inteligente. En efecto, si no evolucionamos, no podremos devolverles a nuestros países, la vitalidad y dinamismo, que sus economías necesitan. 

Ahora bien, la economía es un sistema. Pero no se trata de cualquier sistema. La economía es un sistema complejo. Una rueda o una palanca son sistemas simples – tienen pocos elementos -. Un avión o un barco son sistemas complicados – tienen muchos elementos -. Sin embargo, tanto en los sistemas simples como en los complicados, “el todo nunca es mayor que la suma de sus partes”. Y aquí radica la diferencia fundamental. 

En los sistemas complejos, los elementos interactúan de tal modo que generan lo que se denomina “propiedades emergentes”. En sistemas así, “el todo siempre es mayor que la suma de sus partes”. Y esto lo cambia todo.

El agua es un sistema complejo. Aunque nos sumergiéramos en ella solo encontraríamos oxígeno e hidrógeno. Lo mismo ocurre con nuestro cerebro. La conciencia es una propiedad emergente de ese sistema, por eso no vamos a hallarla en ninguna neurona en particular. Las propiedades emergentes de un sistema complejo no tienen que ver con los elementos del sistema, sino con su relación, con su modo particular de interactuar en conjunto. 

Si un Gobierno no actúa del modo en que debe actuar; si no respeta la naturaleza compleja del sistema económico y no actúa en línea con ella, entonces sus propiedades emergentes se pierden. ¿Cómo debe comportarse entonces un Gobierno frente a un sistema complejo como la economía para que sus propiedades emergentes – competitividad y empleo – no se pierdan? 

Un sistema complejo oscila entre dos extremos: orden y caos. Si existe demasiado orden (demasiada rigidez y regulación) el sistema pierde dinamismo y capacidad de adaptación. Si no existe ningún orden, el sistema se dispersa en la condición de su entorno, pierde identidad y se descompone. 

Creo que el gran problema de los gobiernos, a la hora de impulsar la competitividad del país, es que no terminan de entender la naturaleza compleja del sistema económico, y por lo mismo, no actúan en línea con ella. De ese modo destruyen sus propiedades emergentes, desquiciándolo y sacándolo permanentemente de su óptimo.  

La diversidad de agentes y la descentralización de la estructura son claves para revertir la concentración y la centralización del sistema permitiendo que éste recupere su complejidad, pueda adaptarse a los cambios del entorno, fortalecerse (aumentando el peso de sus conexiones) y evolucionar. 

Si el Mercado es un termómetro, el Estado es un termostato. Un termostato se ajusta en función de la temperatura que marca el termómetro (regla fiscal y tarifas competitivas). Del mismo modo, el Estado no es una brújula – con un solo rumbo ideológico- sino un GPS que va trazando las mejores trayectorias en función de los objetivos que le va indicando la sociedad y el mercado (políticas sociales e inserción internacional).

Si queremos avanzar en el índice de competitividad, pero, sobre todo, si deseamos más empleo y mejore oportunidades para la gente, ponernos a tono con los retos que trae la cuarta revolución industrial, necesitamos un Estado inteligente que se organice de forma óptima para actuar en un mundo complejo. No un Estado torpe y unidireccional que actúa sin medir las consecuencias socio-económicas de sus actos porque no termina de entender la complejidad del mundo en que vive.

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