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La muchacha que repartía caramelos



juliorPor: Julio Raudales

La Secretaría de Relaciones Exteriores presentó en los últimos días, la “Política de Cooperación Internacional para el Desarrollo Sostenible”. Creo que ordenar los esfuerzos que los organismos internacionales y países amigos hacen a favor de Honduras, constituye un paso fundamental en la consecución de nuestros objetivos como sociedad.

Pero hay que aquilatar adecuadamente la influencia de la cooperación Internacional en el proceso de desarrollo de nuestro país. Para ello se deben tener claras dos premisas: la primera es que a lo largo de la historia no ha habido ningún estado que se haya hecho rico gracias a la caridad. Lo segundo es que, paradójicamente, no hay forma de que una sociedad alcance sus metas si no es con la ayuda de otros. Es decir, la cooperación al desarrollo es un elemento necesario, aunque no suficiente para lograr el bienestar social.

Sin embargo, lo que hemos aprendido hasta el momento puede parecer deprimente: la ayuda al desarrollo no ha funcionado pese a haber gastado más de dos billones (millones de millones) de dólares en los últimos 60 años.

Creo que la responsabilidad corre por ambas vías: desde que en los años 40 del siglo pasado se creó el Banco Mundial, se forjó una parafernalia global que a todas luces no ha llenado las expectativas frente a los desafíos que presentan países como Honduras. Por otro lado, nosotros, los llamados “socios al desarrollo”, nos empeñamos en hacer inútil cualquier esfuerzo, debido principalmente a la inveterada costumbre de manejar los recursos, sean nuestros o ajenos, con una dosis extrema de corrupción y falta de compromiso social.

Lo anterior me recuerda una experiencia vivida hace ya algunos años. Sucedió en San Francisco de Opalaca, un pequeño municipio situado al occidente del país. Como parte de un programa que la Unión Europea implementaba con miras a mejorar la gobernanza local, me tocó visitar aquella comunidad durante varios días. Una mañana coincidí con un grupo de chicos y chicas europeos, trabajadores temporales de una ONG que visitaban América Latina por primera vez y fui testigo de una acción bastante reveladora.

Había una chica francesa paseando por las callejas del pueblo, tomándose fotografías con los niños y repartiendo caramelos. Para ello, la muchacha se gastó unos 200 lempiras en la tienda del pueblo y adquirió una bolsa grande de golosinas. A cada niño que pasaba le regalaba un caramelo. En pocos minutos corrió la voz de que una chica chelita repartía confites a los niños del poblado.

Pronto aparecieron más niñas y niños que no querían perderse el festival de golosinas. La voluntaria, muy orgullosa, fue y se gastó ya no 200, sino 2000 lempiras en 3 bolsas gigantes de confites y esta vez, la situación se volvió más complicada. Llegaron tantos niños, que tuvo que pedir ayuda de las mujeres del pueblo en la repartición y sucedió lo inesperado. Algunas de las “ayudantes” empezaron a pelear por los confites y más de alguna huyó con una buena cantidad. Por otro lado, ese día no hubo clases en la escuela, debido a que los niños prefirieron quedarse para aprovechar y además, al día siguiente muchos se enfermaron por el exceso de dulces.

Aunque parezca mentira, este curioso episodio ilustra perfectamente la mayor parte de los problemas que existen en el mundo de la cooperación: Para empezar, la muchacha apareció en el pueblo sin que nadie la hubiera llamado. Segundo, decidió unilateralmente lo que los niños necesitaban y además potenció los problemas de gobernanza que ya existían allí.

La Política de Cooperación presentada durante la semana, se basa en cuatro pilares que, de ser implantados adecuadamente, podrían evitar caer en los problemas como los que ilustra mi ejemplo: La apropiación del proceso de desarrollo por parte de los hondureños es clave; además los cooperantes deben alinearse a las prioridades definidas. Un tercer elemento es el uso y desarrollo de los sistemas nacionales y por último, aunque no menos importante, es crucial que las autoridades y los cooperantes sepan escuchar lo que los beneficiarios de la cooperación tienen que decir al respecto de sus prioridades.

Si este esfuerzo se hace efectivo, podría evitar que sigamos cayendo en los problemas enumerados, evitando que el proceso siga degenerando en la simple repartición de caramelos por parte de una chica bonita.

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