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El país de Trump: violencia con armas de fuego y guerra contra los inmigrantes



Por: Amy Goodman y Denis Moynihan

El pasado fin de semana, Estados Unidos se vio sacudido por dos tiroteos en masa. El primero fue en El Paso, Texas. La masacre de 22 personas en el Walmart del centro comercial Cielo Vista ubicado en El Paso fue obra de un supremacista blanco. En un manifiesto que presuntamente habría publicado en internet poco antes de la masacre se hace eco de la retórica antiinmigrante y antilatina del presidente Donald Trump. “Este ataque es una respuesta a la invasión de latinos en Texas”, escribió el presunto agresor.

Más tarde esa misma noche, en Dayton, Ohio, una gran multitud de personas estaba disfrutando de la oferta de entretenimiento disponible en el céntrico barrio conocido como Distrito Historico de Oregon cuando otro hombre blanco de unos 20 años de edad abrió fuego y llegó a asesinar a nueve personas en unos 30 segundos, hasta que la policía intervino y lo mató a él. Entre sus víctimas estaba su hermana. A diferencia del asesino de El Paso, el agresor de Dayton no dejó ningún “manifiesto” para explicar su motivación para el tiroteo, pero en el pasado había manifestado fantasías violentas, así como una obsesión con los tiroteos en masa, y sus compañeros de clase declararon que tenía una lista de personas para violar y matar cuando estaba en secundaria. La misoginia muy a menudo se vincula con los asesinos en masa.

Estos horrendos ataques le han dado un nuevo impulso político al reclamo por un cambio en las fallidas leyes de armas que durante demasiado tiempo han convertido virtualmente a Estados Unidos en una zona de fuego libre.

El lunes, el presidente Trump leyó un discurso en el que insistió con argumentos en torno a la salud mental y los videojuegos violentos, siguiendo en gran medida la línea de la Asociación Nacional del Rifle (NRA, por su sigla en inglés). En un pasaje del discurso, en el que pareció insinuar su apoyo a una ley nacional de “alerta” que permita la confiscación de armas por orden judicial a una persona considerada una amenaza para otros o para sí misma, Trump dijo: “Las enfermedades mentales y el odio presionan el gatillo, no el arma”. Sin embargo, las personas que padecen enfermedades mentales tienen muchas más probabilidades de ser víctimas de la violencia con armas de fuego que autoras de la misma. El presidente también pidió la pena de muerte para los tiradores en masa.

El asesino de Dayton está muerto, pero el agresor de El Paso se entregó a un oficial de policía no muy lejos de la escena del crimen. Su declaración en internet comenzaba diciendo: “Apoyo al tirador de Christchurch y a su manifiesto”. En realidad, la forma en que la líder del gobierno de Nueva Zelanda y la sociedad en general respondieron a esa masacre ocurrida en marzo de este año, en la cual 51 musulmanes fueron asesinados, debería ser el modelo para lo que sucede en Estados Unidos.

La primera ministra de Nueva Zelanda, Jacinda Ardern, es la jefa de Estado más joven del mundo. Tras la masacre de Christchurch, cometida por un solo hombre armado con un arsenal de rifles semiautomáticos obtenidos legalmente, Ardern inmediatamente impuso la prohibición de casi todas las armas semiautomáticas y de estilo militar a través del Parlamento. En una audiencia en el Parlamento de su país, declaró: “Cincuenta personas han muerto y ya no tienen voz. Nosotros, los miembros de esta Cámara, somos su voz”. Menos de un mes después de la masacre, la prohibición de armas de asalto se convirtió en ley en Nueva Zelanda.

Trump llamó a la primera ministra para expresarle sus condolencias. Ardern hizo los siguientes comentarios sobre la llamada: “Preguntó qué apoyo podría brindar Estados Unidos. Mi mensaje fue ‘compasión y amor para todas las comunidades musulmanas’”. Al dirigirse a su nación tras la masacre, Ardern expresó: “Muchas de las personas que se han visto directamente afectadas por este tiroteo podrían ser migrantes que han venido a Nueva Zelanda, o incluso personas refugiadas en nuestro país. Han elegido hacer de Nueva Zelanda su hogar, y este es su hogar. Ellos son nosotros. La persona que ha perpetrado esta violencia contra nosotros, no lo es. No tiene lugar en Nueva Zelanda”.

El miércoles, antes de salir de la Casa Blanca para visitar a los sobrevivientes en Dayton y El Paso, Trump se negó a retractarse del uso de la palabra “invasión”, que ha empleado en reiteradas ocasiones para describir la llegada de inmigrantes y solicitantes de asilo a través de la frontera sur estadounidense. Según la organización Media Matters for America, “entre enero y febrero, la página de Facebook del presidente Donald Trump publicó unos 2.200 anuncios que se referían a la inmigración como una ‘invasión’”. Su uso de la palabra “invasión” fue invocado como justificación por los asesinos de El Paso y Christchurch este año, y por el asesino de Pittsburgh el año pasado. En esa ciudad, el agresor ingresó a una sinagoga y mató a tiros a 11 fieles judíos, que él creía que apoyaban a los “invasores”.

La respuesta en Nueva Zelanda fue prohibir las armas semiautomáticas y de asalto y recibir con los brazos abiertos a las diversas comunidades de inmigrantes. En Estados Unidos, con el gobierno de Trump, está sucediendo lo contrario. El próximo mes entrarán en vigencia en Texas una serie de leyes que reducen las restricciones en cuanto al uso de armas; por ejemplo, se anulará la prohibición de portar armas en escuelas e iglesias. El miércoles, el día en que Trump estaba aparentemente consolando a los sobrevivientes heridos en Dayton y El Paso, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas llevó a cabo la mayor redada en lugares de trabajo en un mismo estado. En la operación, realizada en varias plantas procesadoras de alimentos de Mississippi, los agentes del Servicio de Inmigración arrestaron a 680 personas, a las que acusaron de ser indocumentadas.

El flagelo de las armas de fuego y la guerra contra los inmigrantes no se detienen.


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