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Ave Fénix



cosenzaPor: Luis Cosenza Jiménez

Recientemente nos hemos enterado que, cual ave fénix, el Fondo de Desarrollo Departamental está por resucitar.

De las cenizas que restan del Fondo que se canceló está por surgir un nuevo Fondo. Ignorando la crítica generalizada de la población, los diputados han decidido dar nueva vida a este detestable fondo. Uno se pregunta, ¿será que los diputados son sordos? ¿Será que poco o nada les importa lo que pensamos quienes votamos por ellos? ¿Qué habrá que hacer para que los diputados nos escuchen? Analicemos lo ocurrido y lleguemos a nuestras propias conclusiones.

Todos entendemos que los diputados deben interceder y cabildear a favor de las comunidades que representan. Eso es razonable. No obstante, en otros países eso se logra incluyendo en el presupuesto del Poder Ejecutivo los recursos necesarios para convertir el ansiado proyecto de la comunidad en una realidad. Esa es la manera transparente y correcta de satisfacer las necesidades que las comunidades presentan por medio de sus representantes. Esa es la forma como se fortalece nuestra institucionalidad; el Poder Legislativo legisla mediante la aprobación del presupuesto de la Nación, y el Poder Ejecutivo ejecuta. Siendo esto así, ¿por qué entonces la necedad de aprobar fondos a los diputados para que sean ellos, por medio de supuestas ONGs, quienes ejecuten directamente los proyectos?

Todos sabemos lo que ha ocurrido por precisamente entregar fondos directamente a los diputados. Varios de ellos resultaron señalados por no haber liquidado el uso de los fondos. Esta omisión dio lugar a que se pensara que en algunos casos se había incurrido en actos de corrupción. En vista de la reacción de la población, el Congreso rápidamente tomó la decisión de cancelar el tristemente célebre fondo. Hasta acá, todo parecía indicar una elegante rectificación de parte de nuestro desprestigiado Congreso. Sin embargo, un poco tiempo después tomaron la decisión de recetarse un “pírrico” aumento de sueldo, en momentos en los cuales nuestra población se quejaba porque los hospitales estaban desabastecidos de medicinas. Ese aumento se sintió como una bofetada y destruyó cualquier mejora en el prestigio del Congreso que había resultado de la cancelación del Fondo. Pero para echar sal en la herida, ahora se dice que el Congreso ha decidido resucitar el malogrado Fondo, a pesar de que la Secretaría de Finanzas ha manifestado que no se cuenta con los recursos necesarios para financiar la decisión del Congreso.

Al final, lo importante es preguntarnos por qué los diputados pueden simplemente ignorar nuestros deseos y hacer lo que conviene a sus intereses personales. La repuesta es sencilla. Están convencidos que sus acciones no tendrán consecuencias negativas para ellos. Piensan que no nos representan. Ellos no son nuestros representantes sino que nuestros amos. Nosotros les debemos obediencia y lealtad. Después de todo, estamos obligados a votar por ellos cada cuatro años, y como, en el caso de Francisco Morazán, nos “representan” 23 diputados, en realidad no nos representa nadie. Si contáramos con distritos electorales uninominales entonces quienes vivimos en un distrito dado seríamos representados por un solo diputado y podríamos conocer en detalle cómo ha votado en el Congreso. Dependiendo de lo que pensemos de su desempeño podríamos reelegirlo, o no, en las próximas elecciones. Ya vería usted, estimada lectora, como cambiaría la actitud de los diputados. Como se preocuparían de beneficiarnos con su voto. Esta es la esencia de la democracia que tanta falta nos hace.

Lamentablemente, en el fallido diálogo nacional ni siquiera pudieron acordar la adopción de los distritos electorales uninominales. Claramente que a nuestros diputados no les interesa adoptar una reforma que los obligará a rendirnos cuentas cada cuatro años. Prefieren preservar el status quo ya que esto propicia un ambiente de opacidad que favorece a sus mezquinos intereses. Solo la presión del pueblo cambiará esta situación.

Aceptemos, estimado lector, que la solución está en nuestras manos. Si no nos rebelamos, nada cambiará y seguiremos siendo ignorados por quienes supuestamente nos representan. Seguiremos contando con un Congreso espurio. Por mi parte, y salvo que se adopte el concepto de circuito electoral uninominal, como han hecho muchos otros países, en las próximas elecciones me propongo invalidar el voto para la planilla de diputados. Solo con medidas categóricas, pero pacíficas, lograremos que se nos escuche y que el Congreso sea, por primera vez, la verdadera representación del pueblo.

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