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La trampa de Trump



Por: Julio Raudales

El presidente estadounidense, muy orondo él, ha anunciado esta semana que, a partir de septiembre, impondrá un arancel de 10% a la importación de los productos chinos que aún no han sido gravados. Y es que las compras estadounidenses provenientes de aquel país suman un valor aproximado de 560 mil millones de dólares anuales, unas 24 veces el PIB de Honduras. Es decir, la balanza comercial entre China y EUA se vuelve cada vez más negativa para los americanos.

Pero ¿Qué tanto compran los americanos a los chinos? Pues casi de todo. Hace unos 20 años importaban sobre todo ropa, zapatos, llaveros y juguetes que regalan en mostrador los restaurantes de comidas rápidas, así como otras baratijas. Ahora se fabrican en China teléfonos móviles, computadoras Mac y otros productos dotados de alta tecnología.

Esta inusitada ola de modernización y opulencia que viven los chinos desde hace ya 40 años enfurece a Trump. El presidente alega que hacen trampa, que manipulan convenientemente el Yuan, su moneda, de forma que ello facilite a los americanos la compra de sus productos.

Para combatirlos, el presidente ha declarado la guerra comercial; impone barreras arancelarias y según lo que he leído en la prensa seria de los Estados Unidos, que Trump dice no leer, aunque debería, todo indica que en China ha prevalecido la “línea dura” de negociación por sobre los moderados. ¿Qué quiere la “línea dura”? aguantar, resistir, no ceder ante las presiones y esperar a que Trump no sea reelegido.

Y es que Trump alega que el crecimiento chino perjudica a los Estados Unidos: “nosotros hemos reconstruido China” dice, y es cierto. En solo unas décadas, China pasó de ser un país miserable a convertirse en la segunda economía del mundo por encima de Japón y Alemania. Mucho de ello es por las exportaciones hacia EUA.

Los economistas dicen que, a la larga, el arancel que Trump impondrá como represalia por sus políticas comerciales tramposas, no lo pagarán los chinos, sino los americanos y posteriormente todo el mundo, que comprará productos de Shanghái, Hong Kong o Jiangsu, a un precio 25% mas caro.

“Yo no quiero que los celulares que compramos se hagan en China, pues al fabricarse allá, se está afectando a nuestros trabajadores y la ciudadanía me ha elegido para proteger sus intereses” dice el presidente. Pero Trump está cayendo en la misma trampa en la que han caído durante años, los chiflados políticos de América Latina, que siempre arguyen que nuestra pobreza se debe a que Estados Unidos nos roba.

Y no es cierto que si a un país le va bien tiene que irle mal a otros. El intercambio y el tránsito de personas y bienes sin grandes regulaciones enriquece a todos. Lo saben principalmente en América Latina los chilenos, que venden su salmón, sus productos de madera, sus vinos a todo el mundo y con ello han mejorado el bienestar de su gente.

Trump calcula que además va a ganar la guerra. Su argumento es: “si impongo un arancel de 10% a 300 mil millones de importaciones de China, entonces, voy a ganar 30 mil millones que ahora se están comiendo los chinos”. Pero se equivoca: lo que los chinos pierdan, no se lo comerán los americanos, ya que los contratos se frustran, las ventas se paralizan y ni EEUU ni China ganarán nada.

Pero Trump está siendo consecuente al actuar así. Él hace con los chinos lo mismo que con los mexicanos y los hondureños. A él no le gusta el libre tránsito de nada: ni de bienes, ni de personas, quiere levantar un muro alrededor de su frontera. En general piensa que el individuo centroamericano y el producto chino dañan a su país.

Por ahora está contento. Dice que, gracias a sus medidas, China ha tenido el peor año de los últimos 27 y que el Wall Street Journal lo ratifica. Lo que no advierte el presidente, es que la desaceleración china, puede arrastrar a la economía norteamericana a una recesión y esto reduciría notablemente las probabilidades de su reelección.

Pero los chinos se han puesto en guardia y responden: “No habrá concesiones, no negociaremos. Tarde o temprano Trump se irá y nosotros nos quedamos”. Y así es, aquella es una dictadura de partido único. El señor Xi Jiping es un Emperador, no rinde cuentas a nadie, no existe libertad de prensa, ni un Congreso que vigile o fiscalice sus acciones. Lo curioso es que ahora los chinos creen en el libre comercio y los americanos en el proteccionismo. ¡menuda ironía!

Hace 20 años, Fukuyama y otros pensadores vaticinaban que las reformas económicas de los chinos, traerían un cambio político. Una vez que se introducen espacios de libertad en la economía, éstos se desbordan a la política, decían. Bueno, por ahora no ha sucedido. Los chinos han disparado su producción, han sacado a mas de 500 millones de personas de la pobreza y parece que seguirán haciéndolo aunque Trump piense lo contrario y con ello esté empujando a su país y al mundo a una recesión.


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