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Furia y fuego



Por: Julio Raudales

La tierra sangra. Y no se trata de una metáfora nacida de la literatura romántica del siglo XIX, ni es la reproducción delirante de los gritos exacerbados de quienes, sin mucho sentido de la realidad, se oponen con furia desmedida al desarrollo de las tecnologías o a la transformación de la naturaleza en bienestar para la gente.

No, la tierra se deshace en su propio desconsuelo, herida sin misericordia por quienes deben protegerla para seguir disfrutando, ellos y sus generaciones postreras, del bienestar que han sabido encontrar a lo largo de siglos de sobrevivencia. La tierra sangra y su herida se abre por la Amazonía, pero también en los pinares de Honduras. El fuego le carcome los pulmones, destruye los hilos por donde transita el oxígeno que la mantiene viva.

Pero esta vez, por fortuna, esa agonía no pasa desapercibida: En la Cumbre del G-7 incluso los líderes de los países ricos, quienes hasta ahora han defendido el interés material de un mundo creciente para transformar la naturaleza a favor del reinado de Sapiens, se alarman y lanzan el grito de alerta hacia un artificiosamente desapercibido Bolsonaro quien, al parecer, por esta vez no contó con el eco de su protector norteamericano y debió encajar la crítica indignada del mundo, encabezado por Macrón y acompañada por prácticamente toda la humanidad.

Ojalá y la diatriba desatada entre el patán y atrabiliario excapitán que ahora lidera el hermoso gigante sudamericano y el refinado y cosmopolita presidente de Francia, sirva para generar una discusión seria sobre el cuidado del planeta. Se puede apostar al desarrollo y mejora de las condiciones humanas sin dañar el entorno.

No debería ser tarea compleja ni misión imposible. El Sapiens, que tan magistralmente discribe Harari en sus libros, ha aprendido cosas mucho mas complicadas para sobrevivir a peligros mas amenazantes a su remota existencia. Se cuenta con la tecnología y las condiciones adecuadas, solo falta la voluntad firme y continuada de quienes deben emprender esta cruzada: Los líderes del mundo, pero también usted y yo.

Cada quien debe poner de su parte: Bolsonaro en Brasil, lejos de rechazar con desdén el apoyo ofrecido -No es una mala idea conceder un “estatuto internacional” a la selva amazónica y concentrar allí esfuerzos tecnológicos, académicos y financieros, con el fin, no solo de cuidar ese tesoro natural que nos concierne a todos, pero también entender la Amazonía, com una escuela para el cuidado del paneta: al fin y al cabo, los helenos llamaban “oikos nomos” (economía), a la ciencia del “cuidado de la casa”.

Pero también nosotros, acá en el margen, deberíamos aprovechar el llamado de atención que el mundo desarrollado hace sobre el cuidado del entorno. No tiene sentido que los hondureños nos opongamos al desarrollo económico mediante el uso adecuado y eficaz de nuestros recursos naturales y sobre todo los humanos. El desarrollo puede y debe pensarse como la combinación de bienestar para cada ser humano y la decisión de sostener, de manera inteligente, el entorno en que vivimos.

Poblar nuestro territorio no es malo, como tampoco lo es utilizar lo que la naturaleza ofrece para mejorar el bienestar. Lo malo es no hacerlo utilizando el raciocinio y con ello renunciar a nuestra propia esencia. Honduras ofrece, mas que ningún otro país en Centroamérica, el potencial natural para crecer y proveer a su población de un bienestar qie le ha sido esquivo a lo largo de su historia.

Pero llama la atención que ante el escándalo desbordado en el mundo por lo que acaece en la Amazonía, en nuestro pequeño y hermoso territorio, contemplamos sin desmesura cómo nuestro bosque se calcina y simplemente crucemos los brazos en espera de que alguien venga a apagar el fuego.

Lo de La Tigra parece ser la gota que derramó el vaso. No solo ponemos en precario el aprovisionamiento de agua para Tegucigalpa, también sentamos un funesto precedente a la verdadera convivencia ciudadana y al cuidado obligado de los recursos. Es necesario investigar las causas del terrible desaguisado, pero también castigar la mano criminal que provoca tan terrible amenaza.

Es menester obligado, hacer valer el esfuerzo que, tanto la cooperación internacional, como los especialistas hondureños, han concentrado para que la tercera parte de nuestro territorio haya sido declarado área protegida. Pero hay que hacerlo ya, con ahínco y pensando en la Honduras que hemos de heredar a nuestros hijos. Hagámoslo con compromiso y con valor. Tenemos los instrumentos, solo falta la voluntad.


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