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El tridente del hades



Por: Julio Raudales

John Adams, el fundador de la democracia estadounidense, solia decir: “Yo debo estudiar la política y la guerra para que mis hijos puedan tener libertad para estudiar matemáticas y filosofía.

Mis hijos deberían estudiar matemáticas y filosofía, geografía, historia natural, arquitectura, navegación, comercio y agricultura, para dar a sus hijos el derecho a estudiar pintura, poesía, música, estética, tapicería y porcelana”. 

Adams fue un animal político como pocos. Yo soy un convencido de que su proposición no solamente es un buen consejo, sino que describe muy bien lo que Sapiens ha venido haciendo a lo largo de su ya vasta historia en el planeta.

Si bien la humanidad ha pasado por una sinuosa y lenta carrera hacia el bienestar, no se pueden negar los grandes progresos realizados hasta ahora. La buena noticia es que el fenómeno ha sido acelerado. Hace apenas 100 años, la incidencia de la pobreza en el mundo bordeaba el 92% de las familias y ya para 2018, según el PNUD, dicho porcentaje bajó al 35%. 

Da la impresión de que el mundo encontró el camino para desentrampar las limitaciones materiales que durante mas de 12 mil años han agobiado a los habitantes del planeta. Si la cosa marcha así, lo mas probable es que para finales del siglo XXI, la pobreza en el mundo sea solo un mal recuerdo.

Las malas noticias son tres: La primera es que ésta mejora ha sido dispar. Algunos países -sobre todo en África y en Latinoamérica- lograron, en los últimos 20 años, descifrar la clave del éxito económico. Etiopía, Kenia, Mozambique, Botsuana, Panamá, Costa Rica, Uruguay y Chile, encontraron en la combinación virtuosa de la buena gobernanza y políticas sanas, el camino adecuado para caminar por la ruta del desarrollo. 

Lamentablemente, aun quedan, sobre todo en el continente africano y en el nuestro, muchos países capturados por élites poco interesadas en comprender y dar a entender a sus habitantes, la importancia del desarrollo institucional en la búsqueda del equilibrio social. 

La segunda mala noticia es que ésta mejora es disfuncional: Nos ha quitado el hambre, pero no nos ha servido para ser mas felices. Aunque algunos autores como Jonathan Hide han realizado interesantes estudios sobre la correlación positiva entre bienestar material y el emocional, la alta incidencia de suicidios en países como Japón, Suecia y Austria no pueden pasar desapercibidos. Pareciera que el mas grande reto ahora es lograr que la satisfacción material se traduzca en felicidad.

La tercera noticia desalentadora, es el riesgo, cada vez mas evidente, de que los logros adquiridos en gobernabilidad, bienestar y convivencia se desmoronen con el planeta, si es que no aprendemos pronto a cuidarlo de forma adecuada. 

Hasta ahora, algunos meses antes de que se acabe el primer quintil del siglo, la situación no pinta bien. Algunos líderes poderosos del planeta persisten en la necedad y la estulticia y prefieren no ver el peligro que se cierne sobre nosotros si no tomamos medidas para que las mejoras en la producción, no dañen las posibilidades de una convivencia armoniosa del ser humano y la naturaleza de la cual forma parte. Yo no pierdo la esperanza ni la fe de que esto puede revertirse y que poco a poco, a trompicones las cosas cambien para el bien del mundo.

Dicho todo lo anterior, resulta preocupante que en nuestro país, éste tridente de amenazas pase inadvertido y sea cada vez mas evidente el poco interés general por hacer que las cosas cambien. Pareciera que esta sociedad enferma de catatonia, persiste en profundizar sus problemas en vez de resolverlos. Somos a la vez, el país con mayor incidencia de pobreza, menor felicidad y también el que peor cuida los recursos que tan prolijamente nos dio la naturaleza.

¿Qué debe suceder?, mejor dicho ¿Qué debemos hacer para que las cosas cambien? Estamos a punto de convertirnos en el primer narcoestado declarado por un tribunal de justicia en el universo, nuestro pequeño y hermoso territorio se quema y se ahoga a la vez y la tasa de suicidios está llegando a una cúspide que ni los suecos percibieron en sus sueños mas gélidos.

Llegó el momento de cambiar. De hacerlo nosotros sin esperar que el Dpto de Estado o el FMI vengan a hacerlo por nosotros. Debemos darnos la oportunidad de demostrar que sí podemos, mas allá de lo que digan los políticos abyectos o los narcotraficantes. Perdón por el pleonasmo.

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