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El terror y el delirio



julio raudalesPor: Julio Raudales

Es natural en el ser humano: Entre menos certeza tenemos del futuro, más aterradora se vuelve la existencia; y el miedo, dijo Freud, es el predecesor del odio y, por tanto, de los mayores desastres que ha vivido la humanidad.

Esta realidad se ha hecho evidente en la Honduras de las últimas 7 semanas. Cada mañana la población despierta sin una idea clara de lo que sucederá en la calle; y no es que antes nuestro país fuera el epítome de la libertad y los derechos ciudadanos, pero levantarse a rebuscar el día sin la mínima seguridad en los aspectos más básicos de la existencia, como son la salud e integridad física, es casi la garantía de la proximidad del caos. Y eso, justamente, es lo que la gente más rehúye.

La angustia de la gente aumenta cuando siente que camina en un estrecho pasillo cuyos muros se aproximan entre sí y están a punto de aplastarle: 

Una de esas paredes es esa enfermedad nueva y todavía poco conocida, cuya curva de infectados crece a diario sin que se vea alguna acción para aplacarla. Por el contrario: basta con aumentar el número de pruebas serológicas o de diagnóstico PCR, para que el nivel de contagio aumente y con ello el terror a ir a parar a un hospital que obviamente no cuenta con las condiciones mínimas para garantizar la recuperación de nadie.

La pared del otro lado es la aprehensión que causa en el estado de ánimo de las personas, la falta de un ingreso que garantice la alimentación y el bienestar de la familia. 

Se calcula que, en los últimos dos meses, se han perdido al menos 200 mil empleos formales. A ello hay que sumar que, en las ciudades, los trabajadores informales han tenido que ver menguadas sus posibilidades de trabajo debido al encierro e inactividad, pero también al hecho de que muchas personas que quedaron desempleadas buscan en la informalidad, otro modo de subsistir.

Esa es la suma de los miedos: A un lado del pasillo está el temor a contagiarse y morir ante la ausencia de posibilidades en un sistema de salud ineficaz; si se mira al otro lado, nos espanta la posibilidad de sucumbir ante la falta de empleo y el colapso del ingreso monetario.    

Es aquí donde se visualiza la necesidad de un estado que garantice las condiciones mínimas de seguridad. Hasta los pensadores y políticos más libertarios como los minarquistas, coinciden en la necesidad de un contrato social al cual todos contribuimos pagando impuestos, con el fin de que resguarde al menos los elementos mínimos para la supervivencia. 

Pero da la impresión de que los hondureños estamos huérfanos de ese contrato y que lo hemos estado desde hace dos siglos. Una buena pregunta para estos días, dada tanta incertidumbre es: ¿Cómo pudiéramos lograr que esto cambie de cara al futuro?

En primer lugar, es fundamental que se desarrolle en el país una mayor consciencia ciudadana. Es más fácil iniciar los esfuerzos a nivel territorial. La Ley de Visión de País y Plan de Nación (Decreto 236-2009) incorpora un esquema que profundiza lo ya establecido en la Ley de Participación Ciudadana de 2006.

Pero es importante ponerla en práctica. Hay que iniciar en el nivel local, después pasar al municipal y luego al regional. Con ello se dará fortaleza a una debilitada y atomizada sociedad civil. Pero hay que comenzar ahora, más allá de la voluntad del gobierno. El reto es para los alcaldes y líderes comunales; en la medida en que el proceso se vuelva creíble, será más factible el “efecto contagio”.

El otro elemento clave es la integración de los gremios y asociaciones profesionales a nivel nacional, en una plataforma en la que además participen la academia y los científicos independientes, de manera que see orille al gobierno a hacer las cosas de forma más transparente y efectiva.

Hoy más que nunca urge la integración social para rescatar al país de la vorágine de los últimos 200 años. Ningún programa de gobierno iniciará este proceso de manera voluntaria y espontánea. Urge la integración social y eso solo se logrará despertando la consciencia de la ciudadanía.

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