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¿Economía naranja o de otro color?



Por: Julio Raudales

Aunque grandes filósofos como Demócrito y Carlos Marx pensaran lo contrario, la posteridad ha demostrado que las ideas son el motor de la civiización y la cultura.

La historia de la humanidad es la de unos animales que no solo tienen ideas, sino que, a lo largo de los siglos, han venido inventando maneras de crearlas, transmitirlas y almacenarlas.

Yuval Noa Harari, uno de los pensadores mas influyentes del siglo XXI, dice que la primera gran idea que tuvieron nuestros antepasados hace unos 6 o 7 millones de años, fue la de ponerse de pie. Quizá esta no fue exactamente una idea, mas bien fue un instinto o protoidea, pero este hecho tuvo importantes consecuencias:

La primera es que los homínidos vieron como las manos les quedaban libres, lo cual les prmitió utilizarlas para manipular piedras, huesos y maderas. De ahí construyeron los primeros instrumentos.

La segunda es que, para mantenerse en posición erguida, su cuerpo tuvo que experimentar algunos cambios fisionlógicos. Uno de los mas importantes fue el estrechamiento de la pelvis, lo cual hizo empequeñecer el canal de nacimiento. Dado que la cabeza era enorme y debía pasar por un canal cada vez mas pequeño, la naturaleza hizo que los humanos nacieramos mas “prematuramente”. A diferencia de otros mamíferos que nacen y empiezan a caminar, los humanos no podemos sobrevivir por nosotros y esta fuerte dependencia de los padres nos obliga a desarrollar vínculos familiares y sociales. Pues dentro de estos grupos sociales es que los individuos se especializan y comercian productos e ideas.

Escribo esto, a propósito de la visita que hace unos días hiciera a Honduras el señor Felipe Buitrago, Consejero para Asuntos Económicos y Estratégicos de la Presidencia de Colombia. Hace algunos años, él e Ivan Duque, actual presidente de aquella nación, se inventaron el término “Economía Naranja” para hablar de la vieja idea de que las ideas son importantes para el desarrollo económico.

Este neologismo, plasmado en un colorido libro, ha sidotremendamente exitoso en su cometido de familiarizar al público con la idea –por lo demás correcta– de que la creatividad y la cultura tienen un papel importante en la economía. Al fin y al cabo, la mejora en la calidad de vida que hemos visto desde la Revolución industrial, habría sido imposible sin miles de nuevas ideas sobre cómo aprovechar mejor los recursos que tenemos. Sólo así ha sido viable que el planeta alimente a diez veces más personas que hace unos siglos, y que tengamos aviones, automóviles, videos de Los Beatles en YouTube, iPhones y PS4.

¿Cuáles son las implicaciones prácticas que nos deja esta apreciación? Una, probablemente cierta, es la importancia de proteger la propiedad intelectual.

¿Y otras cosas? La verdad es que parece que los gobernantes no tienen muchas más ideas sobre cómo beneficiar la industria creativa, tal vez subsidios, exoneraciones u oficinas especiales para su promoción. Pero esta película la hemos visto ya varias veces y no parece haber tenido el éxito que muchos esperaban.

Lo que quiero recalcar es que no es a los planificadores a quienes les corresponde determinar que industria apoyar. No es así como funciona el crecimiento económico.

Con contadas excepciones, los mercados pueden determinar mejor que los gobiernos, cómo asignar talento y materias primas a las industrias más prometedoras. Por el contrario, los subsidios gubernamentales crean en torno suyo clientelismo y grupos de interés que hacen políticamente imposible retirar el apoyo estatal que, recordemos, proviene de los impuestos que paga la ciudadanía.

Lo que sí es indispensable para que crezca la economía, es que los empresarios de cualquier sector puedan operar sin trabas regulatorias innecesarias; que los mercados sean competitivos en general, no subsidiados para unas pocas industrias elegidas por el Gobierno; que las empresas puedan financiarse accediendo con facilidad a la banca; que las reglas tributarias sean sencillas y, además estables; que se castigue fuertemente los monopolios; y que las reglas de juego apliquen a todos por igual, sin excepciones.

Es cierto que algunos países se desarrollaron con políticas industriales que favorecían a tal o cual sector; pero esas políticas no se parecían a las nuestras, y, en todo caso, muchos otros se desarrollaron sin ellas.

Lo que tuvieron en común los casos de éxito fueron mercados eficientes con reglas claras. Honduras está aún lejos de encontrarse en ese escenario, vital para el crecimiento económico. Haría bien el Gobierno en concentrarse en crear instituciones y mercados que funcionen adecuadamente, en vez de preocuparse por determinar de qué color es la economía.

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