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Camino a la oscuridad



Julio RaudalesPor: Julio Raudales

Trascendió en las últimas horas que las autoridades del Gabinete Económico se reunieron en la capital norteamericana, con técnicos y autoridades del Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo; el consenso de Washington en pleno.

El objetivo de la misión de alto nivel que visitó aquella hermosa ciudad por parte del gobierno, es diseñar e implsar una operación financiera que permita el salvamento de la Empresa Nacional de Energía Eléctrica, porque al parecer, los múltiples esfuerzos ensayados en el reciente pasado, no dieron los resultados esperados.

Y es que la ENEE es, desde ya hace varios años, la más grande amenaza a la estabilidad económica de Honduras. Si bien es cierto, nuestro país enfrenta retos titánicos como el desempleo, la inseguridad, las epidemias y la vulnerabilidad a desastres naturales, su impacto negativo podría verse multiplicado ante la amenaza que representa el inminente colapso de este monopolio estatal.

Desde mi punto de vista la crisis en la empresa de energía tiene dos canales de transmisión hacia la economía nacional: por un lado, el perjuicio directo al fisco que le ocasiona la necesidad de cubrir la brecha financiera de la misma, con los tributos que paga la ciudadanía. Por otro lado, el menoscabo a la competitividad del país que ocasiona el incremento en el costo de los sectores productivos, ya que el precio por kilovatio, aparte de elevado es de mala calidad.

En lo que respecta al daño fiscal, los reportes de la misma empresa y de la SEFIN, señalan el fracaso del plan de reducción de pérdidas iniciado en 2016, ello ha requerido un salvataje por parte del gobierno, que en los últimos años sumó casi L 20 mil millones, es decir, alrededor de 1 punto del PIB por año.

Lo anterior equivaldría a mejorar en 20% el gasto anual en educación más un 30% en salud. Es decir, mayor escolaridad y menos enfermedades, mantenimiento en la red vial, etc. Es más, si el estado se hubiese ahorrado dicho gasto, también se podría llevar a cabo una reforma tributaria hacia la baja.

La otra arista que respecta al fisco, es la enorme deuda que la empresa mantiene con los generadores privados de energía, así como con organismos y bancos internacionales para la construcción de nuevas represas, que represente por sí sola, el 20% del total que el estado debe a sus acreedores internacionales.

Está claro que si no se toman medidas extremas, el estado podría enfrentar en poco tiempo una debacle fiscal de consecuencias catastróficas. Razón suficiente para entender, ahora si, la necesidad de la firma de una acuerdo con el FMI.

En lo referente a los costos de producción, ya el reporte del Foro Económico Mundial 2018 (WEF, por sus siglas en inglés), señala que la principal caída en el ranking de competitividad que ha experimentado Honduras en los últimos 2 años, se debe fundamentalmente a los elevados costos de la energía.

Sería muy útil realizar un costeo de dichas pérdidas para entender en cuanto se potenciaría el crecimiento económico del país si se llevara a la ENEE a tener un nivel razonable de pérdidas, tanto técnicas como por robo.

Pero la mayor amenaza es sin duda que el posible colapso de la empresa provocaría una brutal recesión que podría ser hasta del 2% en el PIB, tal y como sucedió en 1994. Esta situación no haría más que agravar los problemas de pobreza e inseguridad que el país ya tiene.

Un elemento adicional a considerar, es que los problemas de la ENEE impiden una mejora cualitativa y cuantitativa en la prestación de sus servicios. El país no consigue mejorar su cobertura de energía eléctrica. Todavía viven en el territorio nacional unos 200 mil de hogares sin acceso a este importante servicio y eso es imperdonable en el siglo 21.

Por otro lado, es necesario modernizar la red de distribución que presenta problemas de obsolescencia. Esto incrementa las pérdidas de los abonados que constantemente sufren desperfectos en sus aparatos eléctricos por la inestabilidad en el flujo.

Lo grave de todo lo anterior, no es solo la enorme amenaza que se cierne sobre millones de familias hondureñas, que sin tener ninguna responsabilidad, ya que la mayoría paga su factura en forma disciplinada, podrían ver afectada su estabilidad laboral, la seguridad en sus hogares y su acceso a la modernidad, que requiere del flujo estable en el servicio eléctrico. Lo realmente dramático es la cada vez mas clara certeza de que vivimos en un país disfuncional y catatónico que camina de forma irremisible hacia la oscuridad y el fracaso.

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