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El cielo y el infierno percibidos



PG NietoPor: Pedro Gómez Nieto
Asesor y Profesor CISI

El cielo y el infierno no están en este universo material, no son lugares físicos sino estados del espíritu.

La materia ocupa un lugar dándole sentido al espacio que la contiene, donde las distancias establecen la interrelación de los cuerpos en función de su gravedad. Sin materia no se necesita de un espacio para definirla. De otra parte, la materia está afectada por el tiempo, la modifica, deteriora, transforma. Sin materia no tiene razón de ser un tiempo que la esclavice. El espíritu es inmaterial, por tanto, no está delimitado por un espacio físico ni sometido al tiempo. Eternidad y materia no son conceptos compatibles. La eternidad no es la suma de tiempo hasta el infinito sino todo lo contrario, su ausencia. La eternidad es el presente continuo, sin ayer ni mañana. Yo soy el que soy”, Éxodo 3,14.

Para el alma el cielo es el encuentro con su Creador, amor y luz. El infierno, el “fuego eterno” al que se refiere Jesús varias veces en el evangelio del apóstol Mateo, es la eterna ausencia de Dios, la permanente soledad del alma en una oscuridad absoluta. Albert Einstein estableció que la oscuridad no existe, no tiene entidad propia, es la falta de luz. Si para el alma la luz manifiesta la presencia de Dios, su ausencia la sitúa en la eterna oscuridad.

Formados por un cuerpo material dotado de un espíritu inmortal, el bien y el mal conforman y definen nuestra naturaleza humana, el cielo y el infierno están en nuestro interior. Vivimos buscando y sintiendo la presencia de Dios, o sumidos en la soledad espiritual, el mal. Cada uno labra el camino de su vida, se llama libre albedrio. Aceptar los dones -talentos- como regalos de Dios, y trabajar con ellos para alumbrar su reino de justicia y misericordia. “Venga a nosotros tu reino”, Mateo 6,10. Por el contrario, considerarnos dueños de nuestras vidas rechazando al Creador. Vivir para satisfacer nuestra naturaleza animal, instintos, placeres, necesidades, debilidades, poder, utilizando la sociedad como territorio de caza. Desde el jardín del Edén nos sentimos atraídos por lo prohibido, la oscuridad, disponiendo del entendimiento y la voluntad para rechazarla. El mal nos hace sentir superiores, inteligentes, poderosos. El pecado de Adán y Eva fue el de la soberbia, el orgullo, la vanidad.

La percepción generalizada es que las cosas van mal en nuestra sociedad. Pero olvidamos que somos parte de ella, por tanto, corresponsables de su situación, nunca espectadores. Los medios de comunicación, las redes sociales, generan estados de opinión. Pero las buenas noticias no aumentan las audiencias ni las cuotas de pantalla, no generan tendencias, retuits, ni venden más periódicos. Se necesita del amarillismo sensacionalista. Exponer y magnificar las malas noticias, inducir en la sociedad emociones negativas, pesimismo, aversión, crispación, violencia; mostrar la chabacanería, el sufrimiento, el dolor, la muerte; para luego preguntarle a la gente cómo se siente, cómo perciben la vida, y con ello retroalimentar el osario pestilente. ¿Puede haber mayor malicia y fariseísmo?

Protestamos por todo, somos la sociedad de la queja permanente. Reclamamos derechos pero eludimos asumir deberes. Para nuestros errores siempre encontramos un tercero responsable, y al final de la escalera colocamos al gobierno de turno. Ejemplo recurrente es el dengue. Enfermedad tropical, endémica, cuya propagación y erradicación está en relación directa con nuestro nivel de educación y civismo. A saber: no limpiamos los entornos habitacionales; no destruimos los criaderos de larvas; arrojamos desperdicios a la calle desde las casas, desde los vehículos en movimiento; las cunetas de nuestras carreteras son auténticos basurales, permanentes focos de infecciones…. ¿Dónde están los responsables? Al final de la escalera.

Leyendo a Lewis Carroll en «Alicia en el País de las Maravillas», nuestra sociedad se parece al diálogo entre Alicia y el gato de Cheshire: “Dime gato, ¿qué camino debo seguir para salir de aquí?”, pregunta Alicia. “¿A dónde te diriges?”, contesta el gato. “No lo sé”, responde Alicia. “Si no sabes dónde vas, poco importa el camino que tomes”, sentencia el gato.

Somos una sociedad acostumbrada a victimizarse para ocultar sus responsabilidades en los problemas que padece, y que hipócritamente luego denuncia, en lugar de asumir el protagonismo sobre nuestro destino, con honestidad, compromiso, disciplina, y sacrificio.

“¿Qué poder tendría el infierno si los condenados no pudieran soñar con el cielo?”  

-Morfeo (Matrix)-

PG. Nieto
Asesor y Profesor C.I.S.I.

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