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Veinte años no es nada



juliorPor: Julio Raudales

Tegucigalpa.- Honduras vive ahora la mas triste realidad de su historia.

Su infraestructura productiva sigue siendo una de las mas endebles de la región. Ejemplo claro de lo dicho, es su aun baja cobertura en electricidad, con una tarifa por servicio de entre las mas caras de Latinoamérica, su pésima calidad -las maquinas y enseres se arruinan debido a los bajones y subidas de la energía provocados por los problemas en la distribución- y los malos resultados que ha dado cualquier política de intervención al sector.

Las carreteras y puentes todavía se construyen y mantienen sin considerar los mínimos estándares internacionales de calidad para la prevención y la protección contra fenómenos naturales. De los 15,400 kilómetros con que cuenta la red vial del país, apenas los 350 Km de ruta interoceánica y 120 km del corredor de occidente, han sido mejorados notablemente en lo que va del siglo. Además, únicamente se abrió un nuevo paso entre Comayagua y la frontera con El Salvador, con una longitud de 100 Km. Es decir, la infraestructura vial no ha mejorado ni en un 4% en 20 años.

El sector educativo persiste en su declive: En los últimos 20 años, apenas se han inaugurado 126 escuelas públicas -nada si consideramos que la cohorte poblacional de edades entre 6 y 18 años ha crecido en mas de 400 mil personas- ¿A que escuela pública asisten estos niños y niñas?  Y si hablamos de calidad y mejora en el currículo nos quedaremos espantados: En dos décadas, las calificaciones en lecto-escritura y matemáticas para los 2 primeros ciclos de básica siguen siendo las mas bajas del istmo y lo que Morazán una vez llamó “el alma de los pueblos” sigue siendo aun una quimera para nuestro país.

El sistema sanitario solo ha retrocedido: Si bien hay nuevos hospitales y centros de salud en algunas ciudades, la atención sigue siendo de mala calidad, los medicamentos continúan ausentes y ya quedó claro el saqueo sistemático de los recursos. Los indicadores de desnutrición, infecciones respiratorias, salud y mortalidad materno-infantil, nos dejan muy por detrás del resto de países de la región y la cobertura de agua potable y saneamiento básico es de las mas bajas del mundo. En pleno siglo XXI esto es inconcebible.

Si hablamos de gobernabilidad, democracia y estado de derecho, la cosa se pone peor. Los ejercicios electorales apenas han servido para exhibir el deterioro de la cultura ciudadana, el incumplimiento de la ley, la corruptela, la violación de los derechos humanos y la cooptación de instancias de la sociedad civil son cada vez mas evidentes.

¿Cómo pretendemos avanzar si las instituciones nacionales están ahora mas corroídas que nunca, precisamente por quienes deben preservarlas y velar por su desarrollo?

Traigo todo esto a colación, a propósito de que, en estos días, el país recuerda el paso del huracán y tormenta tropical Mitch, que hace exactamente dos décadas asoló el territorio, dejando una estela de luto, miseria y dolor como nunca en la historia de la nación.

Fue una de las pocas veces en las que la población se unió para mostrar su solidaridad con los millones de compatriotas que se vieron afectados por el fenómeno. A esto hay que sumar las muestras de apoyo y empatía mostrados por la comunidad internacional.

El Plan Maestro para la Reconstrucción y Transformación Nacional elaborado por el gobierno de entonces, en consulta con la sociedad civil y los distintos cooperantes, se convirtió en la brújula que señalaba un norte hacia el desarrollo y la sostenibilidad ambiental y económica del país. Lo presentamos en Estocolmo los últimos días del mes de mayo de 1999.

Allá en Suecia, mas de 30 países accedieron a financiar los requerimientos que ascendían a unos 3,500 millones de US$, todo para darle a Honduras un nuevo rumbo de cara al siglo que ya nos abría sus puertas.

Pero no sucedió. Veinte años pasaron y al final no pasó nada. Parece que esa solidaridad mostrada por propios y extraños luego del lastre aterrador de la tormenta, fue mas bien un regalo envenenado que nada mas azuzó la ambición desmedida de quienes en todo buscan la satisfacción de sus abyectos intereses particulares.

Quisiera decir que hay esperanza, pero hasta en eso nos ha subido su tarifa. 

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