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Tocando fondo



cosenzaPor: Luis Cosenza Jiménez

Recientemente he observado ciertos hechos que me parece nos indican que mientras en El Salvador la gente piensa que tocaron fondo y ahora van hacia arriba, en nuestro país sentimos que vamos en caída libre, sin saber cuánto más caeremos antes de tocar fondo y comenzar nuestra recuperación. Permítanme explicar por qué.

El caso salvadoreño es interesante. Ha habido gobiernos, tanto de derecha, como de izquierda, pero pocas políticas públicas han cambiado. No se revirtió el proceso de privatización de las empresas de distribución eléctrica, ni se dio marcha atrás con la reestructuración del sector eléctrico llevada a cabo en los gobiernos de derecha. Tampoco se abandonó la dolarización de la economía. Todo esto permaneció inalterable durante diez años de gobiernos de izquierda. Por otro lado, a pesar de no contar con un organismo similar a la CICIG de Guatemala, o la MACCIH de Honduras, su Ministerio Público ha sido capaz de acusar a tres ex presidentes y encarcelar a dos, mientras que el tercero se encuentra prófugo en Nicaragua. Todo esto ha ocurrido expeditamente y, aparentemente, con pocas repercusiones políticas. Significativamente, la izquierda salvadoreña ha optado por respetar la institucionalidad del país y participar en el juego político en igualdad de condiciones. Perdió las últimas elecciones y entregó el poder oportuna y pacíficamente. Nada más piense usted como esto contrasta con el comportamiento de los izquierdistas en Venezuela y Nicaragua. No puedo menos que admirar el comportamiento democrático y pragmático de la izquierda salvadoreña. La democracia salvadoreña ha pasado por una prueba de fuego. Pasó por una cruenta guerra civil, por gobiernos de derecha y de izquierda, por actos de penosa corrupción y al final ha salido fortalecida. Ahora la gente piensa que lo peor ha quedado atrás, que tocaron fondo y que pueden comenzar a salir adelante. Por supuesto que queda mucho por hacer, pero a la vez siento que ellos tienen razón si se sienten optimistas frente al futuro.

Ahora el turno es de su joven presidente, a quien observé en un acto con el sector privado. Me impresionó su esfuerzo por atraer la inversión privada a El Salvador. Según él, su país es la mejor opción en la región para invertir. Se le notó un afán sincero en apoyar al sector privado eliminando trámites y barreras que nuestros gobiernos suelen poner a la iniciativa privada. Además, consciente de la importancia de las remesas para su país, ha declarado públicamente su deseo de mantener estrechas y cordiales relaciones con Estados Unidos.   Por otro lado, fue el único Presidente, de los tres del Triángulo Norte, invitado por el Presidente de México para inaugurar su proyecto para el desarrollo de Chiapas y el Triángulo Norte. Dada la situación imperante en la región, todo indica que el Presidente salvadoreño es visto en el extranjero como el líder de la región.

Frente a este panorama, consideremos ahora nuestra situación. Hemos caído en la vorágine del caos, del odio, del resentimiento, del vandalismo y de la delincuencia. Cuesta mucho ver cómo llegaremos a las próximas elecciones y que sucederá después de eso. Frente a un gobierno ahora percibido no solo como ilegítimo, sino que también como débil, los grupos seguirán presionando para satisfacer sus deseos y ambiciones, y si no logran rápidamente sus “conquistas”, pues llevarán su lucha a las calles. Ya han presenciado como otros grupos usaron exitosamente ese método para salirse con la suya. Estamos presenciando una precipitada carrera por repartirse los recursos del presupuesto nacional, o por sacar ventaja económica utilizando al gobierno para imponer su voluntad. En el entretanto, seguimos inmersos en acusaciones de corrupción que parecen requerir larguísimos plazos para que sean finalmente resueltas en los Tribunales. Hemos perdido la confianza y ahora dudamos y sospechamos de todos. Tan pronto se menciona a una persona como candidata para mediar entre las partes en conflicto, surgen los rumores que buscan desprestigiarla. Al parecer, carecemos de la goma que debe unir a una sociedad. No creemos en nadie y seguimos esperando, casi con alegría, noticias sobre otras personas requeridas por la justicia de Estados Unidos por el tráfico de drogas.

El pacto social necesario para constituir un estado requiere que los ciudadanos otorguemos al estado el monopolio en el uso de la fuerza. Hacemos esto a cambio de que el estado proteja nuestros derechos ciudadanos y nuestra propiedad. Cuando el estado incumple su compromiso con nosotros, porque, por ejemplo, la policía no puede, o no quiere, usar la fuerza para protegernos, entonces se deslegitima el monopolio otorgado al estado y cada quien busca como protegerse. Caemos así en la ley de la selva precisamente por la incapacidad del estado para cumplir con nuestro pacto social.

La crisis que vivimos es profunda y no se avizora una solución. Si continuamos por el camino que hemos tomado, entonces tendremos dos años y medio más de confrontación y división antes de llegar a las próximas elecciones. No se generará nuevas plazas de trabajo, se acentuará la pobreza y las finanzas públicas se deteriorarán. La última evaluación de Moodys se verá como una cruel comedia. Si, para colmo de males, en el camino de las próximas elecciones desprestigiamos y destruimos a los candidatos, entonces tampoco las elecciones nos servirán para superar nuestra crisis. Esta es nuestra verdadera tragedia. En tanto no cambiemos internamente, en tanto no aceptemos la primacía del bien común y estemos dispuestos a colocar nuestros intereses personales en segundo plano, seguiremos de picada, sin tocar fondo. La solución de nuestro problema comienza con nuestra conversión personal y con tratar al prójimo como nos gustaría ser tratados. Que Dios nos ilumine, y que en especial ilumine a nuestra clase política, para que vivamos como verdaderos cristianos. Si no cambiamos, si no nos renovamos, seguiremos cayendo sin tocar fondo.

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