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Sin aprender la lección



Por: Julio Raudales

El Fondo Monetario Internacional publicó durante el mes de julio, su Panorama Económico Mundial, en el cual, proyecta un comportamiento muy discreto para la economía latinoamericana en comparación con el resto del mundo. De acuerdo al organismo, la producción en la subregión crecerá apenas un 0.6% en 2019. Esto es mucho menos de lo que nuestros países necesitan para incorporar a los millones de jóvenes que cada año se suman al mercado laboral.

Pero hay un detalle mucho más preocupante y que ha pasado desapercibido en la mayoría de los medios y es el hecho de que, de todas las regiones del mundo, la economía latinoamericana es la que menos ha estado creciendo en los últimos 10 años. Dicho de otra manera, somos los campeones mundiales del estancamiento.

Las cifras del FMI indican que la economía global crecerá en un promedio de 3.2% en 2019. Si lo vemos por regiones, Asia crecerá un 6.2%, África Subsahariana va a crecer en un 3.4%, el Medio Oriente, el norte de África y el sud este asiático lo hará en un 3.5% y las economías desarrolladas como la europea y norteamericana crecerán cerca del 2%. Es una pena que los latinoamericanos estemos perdiendo competitividad a nivel global.

¿Qué provoca que nuestros países exhiban un nivel tan bajo de mejora en su producción? Los expertos suelen atribuir este fenómeno a una serie de causas, todas ellas ligadas a la productividad, competitividad, gobernanza, etc. Quisiera destacar aquí dos elementos muy ligados a lo dicho por los entendidos, pero en los que vale la pena insistir.

En primer lugar, parece que los latinoamericanos no hemos tomado conciencia clara de que el mundo ha entrado a la era del conocimiento, es decir, la creatividad. Y que lo que se produzca con la mente vale mucho más que el trabajo manual.

Lo observado en lo que va del siglo, muestra que tanto en Sudamérica, Centroamérica y el Caribe, cuyos países centran su crecimiento económico en el petróleo, los metales y las materias primas que puedan vender, mientras que, en el resto del mundo, especialmente en Asia, entienden perfectamente la importancia de preparar a sus jóvenes para que se vuelvan creativos, generen nuevas ideas, utilicen adecuadamente su cultura y que todo ello se traduzca en bienes y servicios que mejoren el bienestar de la gente.

Mientras los japoneses, coreanos, chinos, vietnamitas e indios desarrollan una educación basada en la meritocracia, el estudio profundo de los fenómenos naturales y sociales y, sobre todo, la creatividad cómo elemento fundamental de la vida, en Latinoamérica la calidad educativa se va deteriorando cada vez más. Esto es muy evidente cuando uno revisa las pruebas internacionales que miden el avance en el conocimiento.

El otro elemento que explica nuestro retraso comparado con el de las demás regiones del mundo, es la falta de cohesión ciudadana y esto se explica fundamentalmente por la desconfianza en las instituciones o pactos sociales. El resultado: deterioro de la democracia, violencia social y anarquía. Esto ahuyenta la inversión y genera un círculo vicioso del cual solo se puede salir con señales claras de disposición al cambio.


El siglo XXI nos muestra retos cada vez más complejos. La población envejece, vive muchos años, requiere mejores y más sofisticados medios para sentirse mejor. Para lograrlo, los ordenamientos sociales han elegido dos caminos: Uno es guiarse por el pragmatismo y obsesionarse por el futuro, es decir, entender qué desea el ciudadano medio y buscar con ahínco los resultados para lograrlo y el otro es guiarse por la ideología y obsesionarse sobre todo por el pasado. Echar la culpa a otros de nuestros fracasos.

Parece que éste último es el camino que hemos elegido en Latinoamérica y probablemente esa es la mejor explicación del pobre crecimiento que los expertos auguran para nuestra región. Nos queda a nosotros, quienes trabajamos en el sistema educativo del país, convencer a los políticos o a quienes quieren gobernarnos, de la importancia que tiene cambiar el paradigma, comprender que solo apostando a la educación de calidad y generando confianza mediante el cumplimiento de los acuerdos sociales, las cosas podrán salir mejor.

Debo concluir diciendo que lo sucedido en el Congreso Nacional hondureño al final de la semana en lo concerniente al proceso electoral, solo es una señal de que en Honduras no existe, al menos ahora, ninguna voluntad de que las cosas puedan cambiar para bien.


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