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Medios morbosos



Ernesto GálvezPor: Ernesto Gálvez

Tegucigalpa.- En términos generales, cuando hablamos de morbo nos referimos a algo que lleva una intención malsana, que va contra la moral establecida que se supone es buena; inclusive, el morbo puede entenderse también como enfermedad.

Como usted lo quiera tomar; lo cierto es que cuando hablamos de medios morbosos nos estamos refiriendo a aquellos medios de comunicación que, sabiendo que buena parte de su clientela disfruta de lo que despierta bajos sentimientos como burla, despecho, desprecio, mala crianza, sexo, odio, el pleito, etc, transmiten en sus medios electrónicos programas o dirigen debates, diálogos o entrevistas que conducen hacia esas bajas pasiones, sea en forma abierta o encubierta.

Por tratarse de un episodio televisivo en el que el suscrito, se vio involucrado hace un par de meses, en un conocido canal donde estábamos cuatro invitados, debatiendo sobre el diálogo político, tema que aún sigue vigente, dos de ellos se enfrascaron en una polémica caracterizada por el insulto, la diatriba, la burda descalificación, usando palabras impropias (como vaca intelectual) para un medio de comunicación que, en teoría, está obligado a edificar, a promover la cultura, a transmitir valores positivos, a construir, a proponer ideas positivas.

El asunto es que, uno de los involucrados, no es la primera vez que exhibe tales comportamientos; en tal sentido, el periodista, como MODERADOR, debía haber asumido su papel de evitar que ocurriera lo que ocurrió, a pesar de habérselo sugerido en el preciso instante que ocurría el vulgar episodio, sino que, por el contrario, lo dejó transcurrir en una actitud poco responsable y displicente, mostrando indirectamente su complacencia, seguramente, para “ganar” audiencia o “raiting”.

Y, efectivamente, ese programa se convirtió, en “viral”, al grado que, en minutos, el canal estaba abarrotado de periodistas de otros medios que esperaban ansiosamente con cámaras y micrófonos activados, para darle continuidad a ese desaguisado zafarrancho y darle gusto a las abundantes mentes morbosas que disfrutan de estos hechos, propio de sociedades en franca decadencia moral y espiritual.

Pero, como para ratificar el “modelo” periodístico de este canal de televisión, posteriormente, ese mismo comunicador (de morbosidad), invitó a otro grupo de personas entre las cuales estaba un “honorable” diputado por Santa Bárbara que, aparte de proferir repetidamente irrespetuosas frases en contra de alguien no compartía sus criterios, se levantó varias veces de su silla de invitado para irse hasta su contrincante a manosearle y tirarle documentos o papeles de una forma, francamente vulgar, irrespetuosa y  mal educada. Gracias a Dios que la persona del desencuentro, se revistió de mucha paciencia y tolerancia, mostrando altura cívica y calidad humana y espiritual, ante tan incómodo  e irrespetuoso acoso.

De nuevo, el aludido periodista, hombre de supuesta experiencia y fama en importantes empresas de comunicación, no hizo ningún intento por cortar semejante conducta, a fin de proteger la responsabilidad del medio, para ser instrumento educativo, como rezan los reglamentos y estatutos empresariales y, por supuesto, como ciudadano responsable de sus actos, especialmente cuando se trata de un canal televisivo.

Pero el medio al que nos referimos no es el único que ofende la ética pública. La verdad es que desde hace unos diez años hacia acá, varias radios y canales de televisión, específicamente, colocados en los espacios políticos de oposición y abusando del libertinaje de prensa existente, han venido proliferando comunicadores mal hablados, no sólo porque desconocen los rudimentos de la lengua castellana, sino también porque abundan en el lenguaje soez, vulgar, inculto, hechos que la sociedad ha venido soportando estoicamente, de tal forma que pareciera que se han acostumbrado; es más, se ha convertido en moda, el uso de las malas palabras, la diatriba, las acusaciones sin el respectivo respaldo formal, de tal manera que hemos llegado a aceptar la mediocridad, el irrespeto, la mala crianza y el máximo nivel de mala educación, de parte de un creciente volumen de población que, sin el menos pudor, le llaman asaltante, ladrón, sin vergüenza,  narcotraficante, etc, etc, sin la mínima reacción de los aludidos. Pero no se me mal interprete.

No estoy defendiendo a aquellos personajes que son ladrones, narcotraficantes, etc. Lo que estoy reclamando es que si, efectivamente, el acusador tiene pruebas y está moral y jurídicamente calificado para nacerlo, lo haga sustentando la acusación como legalmente corresponde. Estas prácticas de ciudadanía responsable están en franco deterioro, lo cual muestra la profunda crisis moral, ética , política y espiritual en que vivimos, misma que no tiene retroceso, ya que la sociedad actual, sociológicamente, está descompuesta desde la misma célula social que es la familia, de donde procedemos todos los ciudadanos. Cada vez más, los hijos no tienen ambos padres y si tiene la madre, ésta no los cría, sino cualquier otra persona que nunca se va a preocupar por transmitirle prácticas de vida derivadas de los principios universales de vida como el respeto, la honradez, la obediencia, el trabajo, la responsabilidad, la paciencia y por supuesto, el temor de Dios, de donde derivan todas ellas. En otras palabras, estamos cosechando lo que hemos sembrado.

Y para colmo de males, ahora los padres que queremos hacer uso de la tradición de nuestros mayores de disciplinar a nuestros hijos, aparecen las leyes de la postmodernidad, que han hecho aparte los principios de educación cristiana, para obligarnos a que ahora sean los niños y los jóvenes los que dominen a sus padres, bajo las nuevas filosofías cuyo elemento común es sacar a Dios del hogar, la escuela, el colegio, la universidad y de cuanto actividad humana realicemos. Que les aproveche, porque el que escribe esta reflexión se sacudió de esa trampa mortal. Mortal porque, el que muera sin el perdón de Jesús, él no le reconocerá, ahora que está pronto a arrebatar a aquellos que le reconocimos como nuestro Señor y Salvador, decisión que nos ha permitido aprender prudencia, honradez, disciplina, respeto, fidelidad y confianza en que, mientras el mundo se desangra y cada vez se muestra más violento, sus hijos le esperamos. Si estamos vivos en el rapto, nos vamos vivitos y coleando; y si estamos muertos, resucitaremos; pero siempre nos lleva a nuestra eterna felicidad celestial. Amén.


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