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Luces errantes



juliorPor: Julio Raudales

Tegucigalpa.- Cuando mi papá se fue pa’l norte, hace dos años, convenció a mi mamá de irse con él para que pudieran trabajar duro y llevarnos luego a mi hermana Julia y a mí. Mientras tanto nos dejaron con mis abuelos para que siguiéramos estudiando.

Pronto comenzaron a enviarnos dinero para que en casa no faltara nada y no dejáramos la escuela.

Unos pandilleros se dieron cuenta de que nos enviaban remesas y comenzaron a amenazar a mi abuelo: debíadarles lo que pedían. Mi abuelo pagó para evitar problemas. Así fue durante dos meses, pensábamos que no nos molestarían más. Pero después todo empeoró, ya no les bastaba. Querían que yo me fuera a la mara. Lo peor fue cuando el jefe de la mara se enamoró́ de Julia. Ya no teníamos salida. Se lo contamos a papá y a mamá, entonces nos pidieron que saliéramos de esa colonia y que nos fuéramos a otro pueblo, donde tuviéramos seguridad.

Nos cambiamos entonces a otro pueblo, más al norte, y empezamos a alquilar una casa, pero no sirvió de mucho, ahí también era muy peligroso. La gente no nos conocía y tal vez por eso los delincuentes empezaron a perseguirnos. Un día hasta golpearon a mi abuelo ¿Quién golpea a un abuelo?

De nuevo nos cambiamos a otro pueblo, y a otro, y a otro, pero eso de nada servía, porque a cada lugar que llegábamos, el peligro estaba a la vuelta de la esquina. Por teléfono papá y mamá insistían en lo mismo: que alquiláramos una casa en otra parte ¿En otra parte dónde, si todo estaba peligroso? Estaban muy lejos y no entendían como son las cosas aquí. Entonces Toño me contó: “parece que va una caravana a los Yunai” Le conté́ a Julia que me iba, pero que lo guardara en secreto, para no angustiar a mis abuelos, que habían sido tan buenos”.

Y acá estamos. Ya pasamos la frontera de Guate. ¡Fue duro aquello! Tuvimos que hacernos los fuertes para que los policías de allá nos dejaran pasar, pero pasamos. Estoy cansado, me duelen los pies y tengo hambre. Conocí a dos chavos de mi edad que también van para allá. Me gusta sentirme acompañado. A veces me da un poco de miedo porque aquí también va gente rara.

Uno me dijo que era de La Ceiba y que también va a buscar a su mamá que vive en Veracruz –no sé dónde es allí- el otro, Javier, viene de Bonito Oriental. A su mamá la mataron hace poco y no quiere seguir viviendo con su padrastro, así que mejor se vino a ver que de bueno hay en los “Yunai”. Unos mareros de la “18” nos estaban viendo ya ratos. Yo ya me estaba asustando porque ya venían a buscarnos.

 “Una señora que viajaba con el grupo, se dio cuenta de lo que me pasaba y me aconsejó que nos fuéramos de allí. Con el pretexto de comprar algo de tomar y comer, nos quedamos atrás y logramos perderlos.

Después, ella se despidió́ de mí, me dio un poco de dinero y siguió su camino. Caminé muchísimo sin saber para dónde. Estaba sucio, cansado y con hambre. No tenía muchas opciones, así́ que me puse a pedir dinero en el parque de un pueblo, pero un policía me dijo que me fuera. Un señor miró todo, se acercó́ y me preguntó que me pasaba. Yo me imaginé que era un tío mío que venía a rescatarme, que ya todo estaba bien y me puse a llorar. Me dio dinero y además me llevó a una casa donde me iban a ayudar.

Era un alojamiento para personas migrantes. Allí́ me dieron de comer y una “Sor” me trató con cariño y me dijo que me regresara. Pero yo no quiero. Después de tantos obstáculos, nada puede detenerme.

Si otros niños más pequeños lo han logrado, ¿por qué no voy a poder yo? Ya estando más cerca les hablaré a mi mamá y a mi papá. Por ahora, mejor que ni sepan dónde estoy para que no me manden de regreso a casa con mi hermana y mis abuelos. Quiero contarles personalmente como está Honduras, para que me crean. Estoy a la mitad del camino, ahora será́ más fácil llegar.

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