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La madre de todas las guerras



Por: Julio Raudales

Nunca es fácil prever el desenlace de una guerra.

No importa su naturaleza o motivaciones, no hay finales felices, siempre queda un legado de estropicio y depresión cuyo rastro persigue a todos los involucrados, protagonistas o no, atacantes y atacados, ganadores o perdedores, a todos, durante el resto de sus vidas.

Lo anterior es válido también para las guerras comerciales, como la que está a punto de iniciar –o inició ya- entre Estados Unidos y China, los dos gigantes de la economía mundial del siglo XXI. No habrá ganador, todos serán perdedores, irremisiblemente, todos: Los dos colosos y los otros 200 países que conforman esto que llamamos mundo.

¿Quién iba a decirlo? Iniciamos el tercer milenio concentrados en evitar conflagraciones armamentistas que pudiesen causar a la humanidad el perjuicio que habían provocado, sobre todo, las dos guerras mundiales de la primera mitad del siglo anterior. La curva de aprendizaje de las Naciones Unidas ha tomado seis décadas, pero algo se ha logrado: Salvo la locura del ataque a gringo a Irak en 2003, las invasiones de la madre Rusia a sus excolonias y alguna que otra guerra interna o amenaza en Medio Oriente, el camino de la distensión global parece hoy más cerca que nunca. ¡Claro, siempre salta por ahí un loco amenazante! pero cada vez hay menos.

Sin embargo, sucedió. Justo ahora que pudiésemos jactarnos de ser más “Sapiens” y menos primates salta esto: La madre de todas las guerras de la que tanto se ufanó Sadam Husein, tendrá bonos del tesoro en vez de misiles, aranceles y tarifas en lugar de bombas nucleares, acciones de Wall Street y Shanghái a cambio de tanques y cañones. ¿Habrá destrucción masiva? Si, de puestos de trabajo y de riqueza, ¿Habrá muertos? Ojalá que no, pero sin duda los efectos sociales podrían ser devastadores.

Ya la semana pasada, el presidente norteamericano tuiteó: "muchas empresas abandonarán China por Vietnam y otros países similares en Asia". "No quedará nadie en China con el que hacer negocios. ¡Muy mal para China, muy bueno para Estados Unidos!"

Los expertos dicen que la estrategia de Trump es obligar a China a volver a la mesa de negociaciones para discutir asuntos comerciales más amplios de los que se ha mostrado dispuesto hasta ahora. Por su parte, el presidente chino, Xi Jinping, ha dicho que ambos países deben ser más flexibles en aras de resolver la disputa comercial, pero Pekín también ha respondido con un incremento del 25% en los aranceles para algunos de los productos que China importa de Estados Unidos.

La razón de fondo argüida por los americanos, es que la mayoría de empresas y centros de investigación se han cansado de la “piratería” que inveteradamente han practicado los asiáticos con los productos industriales y tecnológicos que éstas generan. Mientras Silicon Valley, Detroit, Chicago, MIT y otros centros de pensamiento gastan multimillonarias sumas haciendo investigación, desarrollando nuevos y más accesibles productos, lo justo es que cobren a quienes reproducen estas tecnologías para resarcir sus costos. Pero en China le han sacado buen provecho a la inventiva norteamericana y con Huawei parece que la paciencia se desbordó.

Sería muy ambicioso hacer una estimación a priori del impacto que pueden tener los cañonazos comerciales que se lanzan de uno y otro lado. Podríamos, sin embargo, definir algunos canales de transmisión de los efectos negativos que podrían observarse en algunos sectores que, definitivamente, harían la vida de la gente más difícil de recrudecer la guerra.

Empecemos por el consumo: algunos especialistas han calculado que el efecto multiplicador de los aranceles impuestos por Trump a los productos fabricados en China, impactará en el nivel de gasto familiar hasta en un 35%, es decir, al igual que en Honduras, la economía norteamericana se ha vuelto tan dependiente de las importaciones chinas, que los hogares podrían perder hasta un tercio de su capacidad de compra merced al incremento en el precio de estos bienes.

El otro elemento es el mercado laboral. Aunque en principio las medidas generarían más puestos de trabajo a la industria norteamericana, habrá que deducir a los mismos, la pérdida de empleos en la producción agrícola que USA dejará de vender a China. El efecto neto será una caída global en la ocupación (recordar que la agricultura es más intensiva en mano de obra que la industria) y por tanto una perdida general de bienestar.

Como en toda guerra, los mayores perdedores serán siempre los más pobres. Nuestros compatriotas hondureños que trabajan en USA, por ejemplo, con ventaja comparativa en actividades agrícolas, verán disminuidas sus posibilidades de empleo y ello tendrá, sin lugar a dudas un efecto negativo en nuestra ya amenazada economía… CONTINUARÁ.

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