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Juana Pavón, reseña póstuma de “esa sujeto”



Por Manuel Torres Calderón

A Juana Pavón la conocí poco; de su álter ego Margarita Velásquez no supe nada. Seguro que cuando se escriba su biografía sabremos cómo se desarrolló “La Loca” en el mismo cuerpo de Margarita, pero en otro espacio de su conciencia.

Ella lo deja entrever en uno de sus poemas más conocidos: “No importa lugar ni apellido, definimos nuestra situación desde hace mucho tiempo. Hemos aceptado el papel que nos corresponde”. Efectivamente, Juanita y Margarita siguieron el camino de millones de mujeres en nuestro país, eran una y a la vez distintas, “siendo la misma, de muchas cosas”.

Creo que todos en la vida tenemos, bien o mal perfilado, un personaje de ficción dentro, con un comportamiento, lenguaje y sentimientos propio. Lo más probable es que durante su infancia en el sur fue cuando se gestó el personaje en el que acabó por convertirse. Algunas anécdotas de sus compañeras de colegio confirman que lo de sujetarse al mundo real, ese de reglas y dogmas, de rezos y convencionalismos no iba con ella. Lenta e inexorablemente, Juanita se fue imponiendo a Margarita.

Esa metamorfosis es probable haya sido compleja, lacerante, no sólo en el plano físico, sino en la percepción de la realidad que se tiene de uno mismo. Muchas veces no hay lógica en la búsqueda de la razón de ser. Nadie es lineal en su vida. La vida no es lineal. Ella lo supo muy pronto.

La primera vez que la vi fue, curiosamente, en un campo de béisbo,l en Tegucigalpa. Permanecía sola, sentada en la gradería superior, con un vaso bien cargado en la mano. La vi sonriente, desafiante, desinhibida. Recuerdo que me llamaron la atención sus ojos; de amores y rebeldías, de interpelación y solidaridad, de barbarie y belleza, de fatiga y picardía. Sus múltiples y queridas amistades seguro interpretarán correctamente que reflejaba esa mirada que nunca perdió la dulzura, pese a la angustia existencial que era su compañera de banca. Obviamente, siendo yo aún niño no supe quién era esa persona, pero se prendió en mi memoria.

Luego, a lo largo de los años, la encontré esporádicamente; la última vez en un centro asistencial de Valle de Ángeles cuando ella se acercó a conversar y recordar, con palabras cariñosas, a Matías Funes. En esos instantes no habló de ella, sino de los otros. La misma Juana de siempre. Después mi amiga Aleyda Romero me contaba de la evolución de la enfermedad que la abatía y del apoyo que recibía de sus seres entrañables.

Creo que hasta el final de sus días fue lo que siempre quiso ser, sin adaptarse a una existencia y una realidad que no terminaba de comprender y mucho menos de aceptar.

Ojalá haya estado consciente que su aporte a la historia hondureña fue más allá de la literatura y la irreverencia. Su permanente inquietud de si en nuestra sociedad las personas son realmente lo que aparentan ser la hizo abanderada de una contracultura que no tuvo muchos artistas como ella en nuestro país. A puro pulso, Juana trascendió sus anécdotas para ser mucho más que eso.

Efectivamente, su vida y sus textos reflejaron su inconformidad y rechazo permanente contra el conservadurismo extremo que la sociedad hondureña tiene tan arraigado. Su permanente cuestionamiento ante lo absurdo la hizo arremeter contra los tabúes patriarcales, sexuales, ideológicos, sociales y simbólicos que la rodeaban. Su anti materialismo, para usar una palabra un tanto deformada, fue consecuente con su manera alternativa de ver a la sociedad.

Creo, ya se comprobará, que no le incomodaba que muchos se persignaran cuando la miraban venir; bamboleante, desafiante, brillante, ingeniosa, irónica. Ser rechazada por el puritanismo circundante nunca le habrá quitado el sueño. Otras cosas si la desvelaban. Esas que están en sus poemas.

Murió Juana Pavón como símbolo de una libertad de expresión que no buscaba la satisfacción para sí, pero si ser fiel a sí misma. Ya existe una obra de teatro basada en su vida, pero aún falta mucho que investigar y escribir de ella. Seguro que más de alguno de quienes la conocieron de cerca cumplirá esa tarea. Por lo pronto, los restos de Margarita descansarán en San Marcos de Colón, pero Juana La Loca, su álter ego, tiene un nicho en la historia.


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