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¡Entre mas frías, mejor!



juliorPor: Julio Raudales

El médico y diputado del partido Alianza Patriotica, don Denis Castro Bobadilla, introdujo al Congreso Nacional esta semana, una moción para que se grave con un impuesto a las cervezas, de manera que lo recaudado sirva para construir -y mantener digo yo- hospitales públicos especializados en traumas.

La idea fue recibida con estupor al comienzo. Sin embargo, la discución en parques, bares, cafés y redes sociales, fue derivando positivamente y al final, el consenso generalizado es que es una buena idea: Mucho del gasto público en salud se dedica a paliar el lastre dejado por el alcoholismo y vale la pena que sean los mismos bebedores quienes financien los demanes que provoca su comportamiento muchas veces excesivo.

El galeno parlamentario alega que los abusos en la ingesta de alcohol están provocando el colapso de centros de atención como el Hospital Escuela Universitario, cuya naturaleza referencial debería ser distinta a la curación de traumas, así que, en un afán de ordenamiento, es necesaria la creación de unidades médicas especializadas, que sean financiadas por los adoradores de Baco.

Me consuela enterarme que entre tanta paparruchada que se discute muchas veces en el seno del “Legislativo”, salen a veces ideas relucientes. No conozco personalmente al Dr Castro, pero solo he escuchado de él buenas iniciativas en lo que lleva integrado al Congreso.

La ventaja de colocar un impuesto de esta naturaleza a un producto como las bebidas alcoholicas (que ya pagan un 18% de impuesto sobre ventas), es que son bienes con una demanda muy inelastica, es decir, sus consumidores habituales están dispuestos a pagar cualquier precio por ellos, ya que no tieen sustitutos cercanos. Con ello, el incremento en la recaudación está garantizado.

El otro elemento importante, es que las bebidas alcoholicas, así como otras drogas que generan un prejuicio grave a la sociedad, denominados “bienes no meritorios”, deberían ser gravados de manera muy fuerte, como castigo social para quienes lo usan. Aunque la experiencia dice que ello no garantiza la reducción en su consumo, al menos el pago del impuesto se podrá utilizar para financiar el daño social que provocan. De ahí la importancia de que el susodicho impuesto no sea solo a la cerveza, sino a todas las bebidas alcoholicas.

Los economistas tienen un nombre para esto: Principio Tributario del Beneficio, es decir, los individuos pagan un impuesto en relación directa al servicio que recibirán de parte del estado. Por ejemplo, en nuestro país se creó en los años 90 el impuesto a los combustibles, con el fin de financiar un fondo para la construcción y reparación de las carreteras. El problema es que un impuesto tan jugoso como ese no tardó en utilizarse para otros fines y el propósito quedó desdibujado.

Por supuesto que una medida de este tipo tiene también sus bemoles: Violenta el proncipio de “caja única” establecido en la constitución, que de todos modos ya no se respeta porque proliferan en el espectro fiscal muchas leyes que han dejado a la tesorería, únicamente para pagar planillas, viaticos y otras cosillas sin importancia. Lo realmente toral está en fideicomisos, tasa de seguridad y tantas cosas que hacen de la fiscalidad una mala broma.

Si la precaria institucionalidad que ampara al fisco hondureño lo permite, la “tasa de resaca” o como quiera que le pongan al nuevo gravamen, tendrá entonces un destino presupuestario que podría ser efectivo en la medida que tenga un seguimiento transparente y sobre todo, equitativo, ya que si alguien en estado de ebriedad ocasiona algún accidente o se enferma debido a sus excesos, los daños estarán pagados de forma casi directa por el mismo que los ocasiona. La pregunta es: ¿Seguirá esta medida el camino del impuesto vial o tendremos una excepción en nuestro ya desmesurado presupuesto?

Mas allá del éxito que pudiese tener esta acción legislativa, será importante profundizar en una solución integral al problema fiscal. El presupuesto nacional crece en una forma desmesurada y los resultados de la gestión pública, en términos de indicadores sociales, son bastante desoladores.

Seguir aumentando el gasto público en una proporción superior a la que aumentan los precios y la producción nos va a llevar poco a poco hasta el colapso. En algún momento hay que parar, tanto en el cobro de impuestos como en la ingesta de bebidas. 

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