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El sueño de la Celta



Por: Julio Raudales

Sally O’Neill se habría burlado de mí si hubiese leído el título de estas líneas. “Estás loco” -me increparía en su melifluo y jacarandoso tono anglosajón- “no me andés dedicando columnas de opinión con títulos que recuerden a ese derechista de Vargas Llosa”. Pero es cierto: Sally es celta y es, además, impenitentemente soñadora.

Pasé muchas horas conversando con ella. Era una incansable luchadora por el desarrollo de este país que sentía suyo como el que más. Siempre tenía una idea de cómo los hondureños, podemos hacer de ésta tierra un mejor lugar para vivir.

Cada vez que hablaba con ella, aprendía algo nuevo de mi país: Cómo lograr que las viviendas en San Francisco de Coray sean inmunes al mal de chagas; Qué podemos hacer para que los habitantes del bolsón de Nahuanterique, sientan arraigo por esta tierra que finalmente les adoptó; Cuanto de diálogo y consenso necesitan los pobladores del Aguán para evitar una confrontación y hacer por fin de ese valle maravilloso un lugar bueno para que vivan ellos y sus descendientes.

La conocí hace un par de décadas; yo había regresado al país después de estudiar en el extranjero, me vino a buscar justo en el fragor de la planificación en que el país se encontraba, luego del paso del huracán Mitch. Después trabajamos juntos en la implementación de la Estrategia para la Reducción de la Pobreza. Ella apostaba a los procesos, creía que la sinergia entre una Sociedad Civil organizada, un gobierno comprometido y una cooperación internacional alineada, podría generar la fuerza suficiente para impulsar el desarrollo de mediano plazo. Trabajaba incansablemente para que cambiar mentalidades, ordenar ideas y construir concesos entre gentes de las más diversas formas de pensamiento.

Pero no estaba engañada con respecto al país al que entregó la vida por casi medio siglo: Estaba consciente de los enormes retos que enfrentaba esta sociedad capturada por grupos de interés que poco o ningún compromiso tienen con la población. Sabía moverse entre los círculos más rancios del poder, sin cejar ni un paso en su apuesta por el pueblo llano; por esas comunidades huérfanas de servicios públicos de calidad, constantemente amenazadas por intereses abyectos y miopes que no logran comprender que no es buscando el lucro de corto plazo como lograrán el bienestar propio y de los suyos. Sally lo tenía claro y por eso luchó toda su vida.

Después de 38 años dirigiendo Trocaire, la agencia irlandesa de cooperación internacional más exitosa del mundo, emprendió varios proyectos personales que le ayudaron a empujar con mayor vigor y entusiasmo su trabajo por el desarrollo: con más de 60 años de edad, estudió el Doctorado en Desarrollo Humano de la UNAH. De ahí entró a la docencia, a la investigación social y se involucró, ya desde el ámbito académico, en diversos proyectos de extensión universitaria, de manera que las comunidades más pobres, aquellas a quienes se deben los profesionales, pudiesen sacar provecho del conocimiento científico.

A veces me llamaba preocupada por el deterioro institucional del país. “Mirá, ¿Qué podemos hacer juntos, vos desde la Universidad y yo desde el Grupo ACI (Asociación de Cooperantes Internacionales), para que pare el atropello de las mieras a las aldeas de campesinos empobrecidos?” Yo hacía las llamadas a quien corresponde, pero los oídos son sordos cuando no hay verdadero compromiso, ese que Sally tuvo toda su vida con este, su país por adopción.

Este lunes de abril, Margarita Puerto me llamó de madrugada desde Washington para darme la triste noticia: “Sally murió anoche en un terrible accidente en Guatemala” No lo podía creer; habíamos hablado hacía algunos días sobre la posibilidad de iniciar un nuevo proyecto de cooperación. Había vencido un cáncer terrible y estaba tan entusiasmada con la idea de seguir viviendo, que todos la veíamos cada vez mas inmortal. Esa quinceañera de 68 años que parecía cada vez más convencida de que la vida debe aprovecharse en cada minuto para servir, nos había abandonado.

Hoy que aun lloramos su partida, no dejamos de celebrar su legado: Estoy seguro de que Sally estará presente en la conquista de la ansiada reivindicación de las campesinas y las obreras allá montaña adentro. Sé que la veremos en el futuro soñado de niñas y niños con escuela de calidad; de jóvenes con salud garantizada. Sé que la Celta reirá en la sonrisa de esas mujeres y hombres abrazados a una Honduras de la cual nunca se irán, porque será por fin la tierra que soñaron para sus descendientes. ¡Gracias Sally!  

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