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Dos lápidas para Rosenthal



Manuel torres calderonPor Manuel Torres Calderón

La creación de mitos es inevitable en la humanidad; mezcla de alguna pizca de realidad y más de imaginación.

Con ellos nacen héroes y villanos, varios de los cuales alternan un rostro de marcado inconformismo y sensibilidad con otro oscuro y violento.

Jaime Rosenthal (1936-2019) fue héroe y villano, simultáneamente, de un mito que se llevó a su tumba: la burguesía nacional, representación simbólica de la que se presumió su existencia en un período histórico determinado  y de la cual el extinto banquero fue uno de sus dos actores más destacados, junto a Edmond L. Bográn.

Para intentar determinar el papel histórico de Rosenthal se debe empezar por plantear sí en verdad hubo en el país una burguesía nacional o fue apenas la sombra de un grupo de empresarios norteños que no llegó a tomar cuerpo. Quienes han escrito sobre el tema no han sido concluyentes al respecto.

Creo que, al margen de valoraciones y estudios aún pendientes, deducir la existencia, en los años 60 y parte de los 70, de una burguesía nacional a partir de la opinión crítica expuesta por ciertos empresarios fue más una ilusión de la izquierda criolla que una categoría social real.

Esa izquierda, en particular la llamada “línea pro-Moscú”, sostenía que la revolución estaría antecedida de una alianza anti-oligárquica entre el trabajo y el capital, fundamentalmente entre obreros e industriales “patrióticos”. Sin ella, se conjeturaba, sería imposible pasar de una condición “semi feudal” o precapitalista a una capitalista; esencial para hacer viable el “socialismo”.

Se subrayaba que la transición debía crear, entre otras condiciones, una formalidad-institucionalidad que condujera a un desarrollo político y económico inédito: el Estado “democrático burgués”. Una tesis parecida había expuesto el Partido Democrático Revolucionario Hondureño (PDRH) a inicios de la década de los 50.

Aquella era época de manuales y ortodoxias; perdón, sigue siendo época de manuales y ortodoxias.

Bográn y Rosenthal  encajaron en el perfil del empresario que la izquierda aguardaba en su horizonte político. Ambos, militantes liberales, coincidían en propuestas que contrastaban con el conservadurismo extremo que ha caracterizado al empresariado.

Es probable que su opinión más provocativa era que sin reforma agraria, no se desarrollaría la industria, ni un sistema financiero.  En otras palabras, sin mejoras en el poder adquisitivo de las mayorías, no habría consumo, ni ahorro. Y, además, eran críticos contra el modelo regional integracionista que colocaba en desventaja al capital  local respecto al extranjero.

Claro, tenían justificación, el contexto acorralaba sus intereses. Cuando Murga Frassinetti realizó su investigación sobre el capital en Honduras confirmó que en 1968 las 50 empresas industriales más grandes controlaban 72.6% de la producción bruta y 60% de las utilidades. De las 50 empresas, 39 eran extranjeras -estadounidenses, en su mayoría, y una sola nacional aparecía entre las primeras 20. Abrir paso entre ellas era difícil.

Rosenthal y Bográn comprendieron que toda posibilidad de enfrentar el atraso interno y la dinámica excluyente que imponía la transnacionalización del capital implicaba una disputa por el control del Estado, bajo hegemonía de militares corruptos, partidos políticos atrasados, terratenientes y capital comercial. No anticipaban, por entonces, que en esas vueltas del destino, el coronel que era su adversario y encarnación del atraso, se transformaría en un general reformista que se volvió su aliado.

Lo novedoso es que su beligerancia fue abierta, no se limitó a pasillos o cafeterías, y en el intento asumieron riesgos que incluso les supuso persecución y encierro. Más aún, hicieron algo inédito: fundar medios de comunicación para disputar la opinión pública y generar debate alrededor de sus ideas.

Trabajando como periodista en Diario Tiempo, una vez tuve la oportunidad de asistir a una sesión en la que participaron ambos. Hasta el sol de hoy no se por qué el Licenciado Manuel Gamero, director del periódico, me invitó a esa cita, pero fue interesante escuchar que más allá de analizar la contabilidad hablaban del país.

Siempre se ha dicho que Bográn era el ideólogo, por su formación jurídica y social en México; y seguro su pensamiento era políticamente más avanzado, pero no cabe minimizar el aporte de Rosenthal, que lo sobrevivió 30 años, período en el cual sólo guardó silencio sobre el país en su última y trágica etapa de vida. Sus “Cartas a la Nación” están allí, en los registros de Tiempo, para seguimiento a sus ideas.

Quizá, arriesgándome a una hipótesis, la diferencia central fue que para Bográn el desarrollo productivo y social exigía democracia política, y Rosenthal se decantaba más por enfrentar el atraso por la vía económica sin una democratización a fondo del sistema político. Eso explica que en cierta ocasión afirmó que “mi verdadero sueño es que todos los hondureños sean millonarios”.

Bueno, el 99 y pico de los hondureños no lo lograron; él sí. De hecho, con los años supo adaptarse y aprovechar el sistema clientelar y de privilegios que de joven criticó. Perdedor electoral permanente en la carrera presidencial de su partido, eso no le impidió invertir en las altas esferas del poder como si fueran una extensión de sus negocios. “Y es que los negocios en que estamos, como lo dijo su hijo Yani, no tienen límites de crecimiento”.

Cualquiera sea el juicio que le depare el devenir, Rosenthal fue el último sobreviviente de aquel grupo de empresarios desarrollistas sampedrano que con una influencia mayor del mundo urbano y cosmopolita articularon, en su momento, una propuesta distinta a la tradicional. Ese es un mérito imborrable. Lo que pasó después es otra historia.

Hoy, en Honduras, no se menciona una posibilidad de ese tipo, ni destacan empresarios similares. Los hay críticos, que hablan de restablecer cierto equilibrio social, político y empresarial, pero no tienen peso, ni medios, en una sociedad de capitales concentrados en pocas manos, con inversionistas voraces sin ningún interés en socavar su propio piso. Quizá, vista así las cosas, la tumba de Jaime Rosenthal amerita dos lápidas.


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