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El credo de los tiranos



juliorPor: Julio Raudales

Tegucigalpa.- "Estoy perplejo por el hecho de que un hombre que condujo la liberación de Nicaragua pueda imitar las prácticas del antiguo dictador.

El poder existe no para imponerse a su pueblo, sino para servirlo en justicia y en paz. Nicaragua necesita del diálogo, pero antes de todo necesita que las fuerzas represivas cesen de matar, especialmente a jóvenes. Esto es inaceptable. Nicaragua necesita paz y de nuevo paz." 

Con estas crepitantes palabras, Leonardo Boff, el teólogo brasilero referente de la izquierda, pero sobre todo de la moral en Latinoamérica, sepultó cualquier viso de justificación que quiera hacerse de la carnicería que el régimen sandinista lleva a cabo en el vecino país. Ortega está desnudo, revolcado en la cochambre de su propia ambición y lo que es peor, convertido en el alter ego del predecesor de su primera dictadura.

En una reciente entrevista que le hiciera Andrés Oppenheimer, ante la pregunta: “¿Por qué cientos de jóvenes, incluidas mujeres y niños, han resultado ejecutados, de acuerdo con las instituciones mas respetables como Amnistía Internacional, Human Rights Watch y la Comisión de Derechos Humanos de la OEA?”, Ortega lo negó todo y habló solo de los policías muertos.

¿Qué hace a las personas no ver las cosas evidentes?, ¿Serán el poder y el delirio los virus de una enfermedad que termina cegando a hombres y mujeres ante la realidad imperante?

Mayor tristeza provoca, sin embargo, escuchar y leer cómo los militantes de antiguos credos disfrazados de ideología defienden las posturas del sátrapa nicaragüense. No lo hacen por interés particular, me da la impresión de que mas bien actúan en defensa propia, atribulados ante el cataclismo que provoca el derrumbe de un sueño. Puedo entenderlos: a mi me sucedió algo similar a finales de los 80s y aun antes, cuando algún desarrapado y maledicente vecino del ya lejano barrio La Cabaña de Tegucigalpa, me dijo con desparpajo de San Nicolás no existe.

Una ideología puede definirse de manera informal, como un sistema cerrado de ideas anquilosadas cuya relación metabólica con respecto al mundo exterior es bajísima o nula. El comunismo, el fascismo o el yihadismo son formas entreveradas y conscientes utilizadas para explicar la realidad y sobre todo predecir el futuro de manera seudo-científica.

Un Credo en cambio no es un sistema y tampoco un conjunto de ideas. Es, si se quiere, un listado: una guía de acción. Quien dice, por ejemplo, creo en la familia, la propiedad y el Estado, sigue un Credo. También quien afirma: creo en la libertad, la Constitución y las Leyes, sigue un Credo. Un Credo es algo que no está sujeto a modificaciones. Un Credo no contiene tesis ni hipótesis, tampoco argumentos. En un Credo se cree o no se cree.

De todo lo anterior es fácil deducir que quienes defienden al dictador nicaragüense y a cualquier otro, no lo hacen basados en los criterios racionales que otorga el método científico. Es mas, ni siquiera pueden ampararse en una ideología, ya que en el fondo comprenden que, mas allá de la coherencia de sus postulados, su ideología no contrasta con la realidad. Al final, debemos convenir que solo les queda atarse a un credo y es ese credo por el que decantan y veden su razón.

Pero ¿Qué es lo que creen entonces los tiranos como Ortega?

Creen en el designio de la providencia. Están convencidos de que la historia y Dios les han señalado para dirigir la vida de quienes no podemos hacerlo por nosotros mismos.

Tienen, además, la visión maniquea de la amenaza latente por parte de un enemigo que busca su destrucción y por ende la de los procesos de cambio que solo ellos pueden dirigir.

No piensan en la posibilidad de que alguien les pueda relevar, por ello ganan elecciones a cualquier costo y justifican su permanencia en el poder mediante argucias legales y morales.

Pero en el fondo todos, aun sus defensores, estamos conscientes de su inminente caída. Mas allá de los enemigos, existentes o no, que les hacen temblar y delirar en sus pesadillas nocturnas, preparan con sumo cuidado su salida y valoran lo que será su vida después del poder.

Y nosotros, quienes podemos ver sus errores a la luz de la fría realidad lo sabemos: Al fin y al cabo, los países centroamericanos, mal que bien, siempre han logrado sobrevivir a sus peores gobernantes y Ortega, así como los demás tiranos, pueden ser todo menos eternos.

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