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El turno de los corruptos



Victor mezaPor: Víctor Meza

Tegucigalpa.  Como en los pasillos judiciales, en los juicios de jurados hay un momento en que llega el turno del ofendido.

Es el momento supremo de la víctima, su propicia ocasión para mostrar ante los jurados el dolor y la gravedad de la ofensa. Es la hora del desquite. Pero también hay un turno para el acusado, su oportunidad de presentar los hechos de acuerdo a su propia versión, la ocasión de buscar y obtener algún rasgo de indulgencia o benévola neutralidad.

Siempre hay un turno para todo y para todos, hasta para aquellos que se han considerado como intocables, elevados, superiores, inalcanzables para la justicia común y corriente. Los barones de la élite, los minúsculos dioses del Olimpo criollo, “señoritos con aspecto de florero”, como los describía el poeta. En su reducida visión del entorno, no hay espacio para el castigo ni posibilidad alguna de persecución judicial. Ellos están por encima de esas minucias legales, lejos, muy lejos del llamado brazo de la justicia.   Es la interiorización profunda del sistema de impunidad, la etapa en que la percepción de intocables les conduce involuntariamente al error, al exceso de confianza, a una cierta certeza de su invulnerabilidad. Y ese es el momento en que se vuelven más débiles y frágiles, cuando, sin imaginarlo, dejan por doquier la marca maloliente de sus huellas, el rastro de la podredumbre…

Siempre me sorprendió lo que entonces consideraba torpeza de muchos políticos sospechosos de corrupción. En los archivos de los operadores de justicia abundaban las pruebas, contundentes, inverosímiles a veces: facturas de compras indebidas, pagos con tarjetas de crédito cargadas al tesoro nacional, copias de recibos sugerentes, transferencias financieras sospechosas o inexplicables, talones bancarios insinuantes, envíos misteriosos, en fin.  Muy pronto comprendí que la existencia de tantas evidencias no era el fruto del descuido o la torpeza del inculpado; era el resultado de su convicción de intocable, el ejemplo directo de su percepción de inmunidad. La sensación de impunidad había penetrado tan profundo en la conciencia del corrupto, que no le permitía concebir siquiera la necesidad de ocultar los rastros de su fechoría. Víctima de su propia convicción de ser inmune, el corrupto estaba convencido de ser impune. La inmunidad llevaba a la impunidad, y ésta, en un ciclo tan perverso como regresivo, volvía reforzada para afianzar al sistema en su conjunto y fortalecer el esquema global de corrupción. Es lo que se considera un elemento clave del “estado de hipercorrupción”.

Así, de esta manera, una cadena de eslabones similares unía a la inmunidad con la impunidad, a la justicia con la política, a la ley con la corrupción. Pero llegó el turno del ofendido. La sociedad empezó a conocer los detalles, a cual más burdo e insultante, de la trama global de la corrupción. Inició el desfile de las instituciones involucradas y salpicadas, hasta que llegó el momento estelar y apareció en escena la pandilla del Instituto del Seguro Social, el llamado “escándalo del IHSS”, la prueba suprema del estrecho vínculo que amarra, en contubernio procaz, a la corrupción con la política y, por lo tanto, con los políticos. Se armó Troya y la gente acabó de tomar conciencia sobre la gravedad del problema y la necesidad de salirle al paso. Vinieron los desfiles de las antorchas, la reacción internacional y, en consecuencia, la llegada de la MACCIH. Ahí comenzó otra historia…

Hoy los corruptos de toda laya no acaban de entender lo que está sucediendo. No comprenden cómo es que sus aliados y protectores los están abandonando. No descifran el nuevo lenguaje que viene de fuera, la presión externa, el decidido apoyo de Washington a la MACCIH y a la Unidad Especial del Ministerio Público que los persigue, investiga y acusa (la UFECIC). No logran percibir la evaporación gradual pero inevitable de las antiguas lealtades y el nuevo reacomodo. Ya no es su mejor momento, al menos por ahora. Ha llegado el turno del ofendido, también por ahora.

El turno de los corruptos es algo novedoso en nuestra historia. Ellos son los primeros sorprendidos y azorados. El hondureño de a pié, en cambio, no sólo se asombra, también se divierte y da rienda suelta a su morbo interior para disfrutar el inesperado espectáculo. Es el turno del ciudadano.


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