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El retorno del fuego



Victor mezaPor: Víctor Meza

Tegucigalpa.- Se veía venir, el retorno de las antorchas a las calles se percibía en el ambiente, aunque muchos dudaban y se mostraban escépticos ante el posible regreso. No era para menos. La desaparición temporal de las antorchas generó un cierto sentimiento de frustración y derrotismo.

De la euforia colectiva, la masa devino rápidamente en colectividad desencantada y frustrada. Un cierto fatalismo apocalíptico rodeaba el entorno e impregnaba el imaginario de la gente.

Cuando en agosto de 2015  los manifestantes indignados marchaban e inundaban las calles de las principales ciudades del país, las antorchas se convirtieron en un símbolo de rebeldía, de condena al régimen, de indignación y hastío, de ira reprimida y furia en ascenso. El mar de pequeñas llamas amenazaba con “incendiar la pradera”, para decirlo con la conocida frase del líder chino Mao Tse Tung. Los ciudadanos, cansados finalmente de tanta ignominia y hastiados de la podredumbre que emerge de la hipercorrupción reinante, salieron a las calles para dar testimonio de su hartazgo social. La protesta fue creciendo y ganando cada vez más participantes entusiastas.  De manera casi inevitable, en la misma medida en que se ampliaba, al mismo tiempo también se diversificaba y, por supuesto, se contaminaba. Las demandas empezaron a mezclarse, mientras la infantil partidarización de la protesta desencantaba a los independientes, enfurecía a los autoconvocados y, al final, debilitaba la dinámica creciente que los alimentaba a todos. Esa politización partidaria indebida, primaria, sin sentido estratégico, vacía de contenido pero cargada proselitismo oportunista y consignas de última hora, muchas de ellas obsoletas o políticamente imprudentes, terminaron haciéndole daño al pluralismo del movimiento y castraron sus características espontáneas e incluyentes. El movimiento fue cediendo en vigor y fuerza, mientras crecía en sectarismo y ortodoxia. Por último,  como un telón que cae, las antorchas se fueron apagando, mientras seguían ondeando, lánguidas y distantes, las banderas raídas y dispersas de los grupos de oposición.

Desde entonces, abundante agua ha pasado bajo los puentes, pero no ha sido suficiente para apagar las antorchas, porque, en esencia, las causas de las marchas del 2015 siguen ahí, latentes, vivas, no han desaparecido. Más bien se ha intensificado y agravado. Por lo tanto, el fuego de las antorchas sigue ardiendo desde abajo, como debe ser, presto para volver a calentar el ya crispado ambiente y encender los alicaídos ánimos.

Y eso es precisamente lo que está sucediendo en la actualidad. Factores más bien coyunturales han confluido en el espacio y en el tiempo, generando circunstancias apropiadas para el reavivamiento del fuego. Son factores diversos, algunos de carácter puramente gremial y, por lo mismo, sectorial y limitado, mientras otros, más amplios y flexibles, abarcan temas que van desde la democracia política hasta la transparencia requerida, pasando, claro está, por la defensa firme de los derechos humanos. Es un abanico de demandas que es preciso analizar en su propia singularidad, para entender con más claridad cuáles son los alcances y cuáles las limitaciones de esta segunda etapa del movimiento de las antorchas.

La variedad de intereses fortalece el pluralismo y da fuerza a la inclusión social. Ese es su aspecto más positivo. Pero, al mismo tiempo, fractura al movimiento y lo expone al debilitamiento sectorial. Podría suceder que, en la medida en que algunas demandas gremiales sean satisfechas por el régimen, los sectores que las representan y promueven, abandonen gradualmente la protesta y apaguen sus respectivas antorchas. Por eso, es muy importante que toda demanda sectorial vaya estrechamente ligada con las demandas generales que apuntan al sistema político y a la calidad de la democracia, a la lucha anticorrupción y al respeto de los derechos humanos.

No se debe permitir que la sectorialización de las demandas acabe conspirando contra el conjunto de la protesta. Hay que saber mantener, con tacto e inteligencia, la jerarquía de los objetivos estratégicos a la par de las demandas puramente tácticas, de alcance inmediato y carácter puntual.

Las marchas de las antorchas en el año 2015 dejaron abundantes lecciones, positivas y negativas, buenas 


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