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Una mañana al despertar



Otto Martin Wolf 2015Por: Otto Martín Wolf

Encendí la radio y al principio no me di cuenta de lo que estaba sucediendo.

Fue al avanzar, unos quince minutos, mientras me dirigía al baño con mi primera taza de café, cuando empecé a notar que no había noticias trágicas. No reportes de asesinatos, no asaltos, no robos.

No habían capturado ningún extorsionador ni ladrón, ningún delincuente se había escapado de la cárcel.

El mundo del crimen y la violencia había decidido darnos unos minutos de descanso, quizá horas, no se reportaba nada de sangre de la noche anterior.

Los leedores de noticias, quizá tan desconcertados como yo, no encontraban nada espectacular con que alarmar a la población. Ningún “último momento”, nada de escándalo.

Al llegar la hora de los debates televisivos nada, simplemente no había políticos disparándose indirectas ni directas, nadie se peleaba por nada, los entrevistados hablaban libremente sobre temas alegres, amables, pacíficos, sin la interrupción de los entrevistadores, que generalmente toman más tiempo que sus propios invitados.

Por ejemplo, una señora contaba, con una sonrisa en el rostro, las pequeñas picardías de su nieto de dos años. El público embelesado seguía cada gesto de la dama, a lo mejor recordando sus hijos o quizá su propia infancia.

Un poco más tarde, cuando salí a la calle, la gente parecía caminar a un ritmo diferente, rápido, presurosa, a sus trabajos y compromisos, pero de alguna manera extraña más bien parecían moverse en cámara lenta. Iban rápido pero con calma, sin miedo al asalto o encontrar el camino cerrado por una toma quemallantas o una cinta amarilla indicando un “encostalado” en las cercanías.

Qué fresca mañana! El sol brillaba con todo su esplendor, rompiendo con su luz y pintando de naranja las últimas nubes desveladas de la noche anterior.

No hacía calor, estaba fresco, tampoco la lluvia amenazaba, aunque en realidad no hubiera importado que lloviera, estoy seguro que nadie se hubiera mojado.

Lo que más adornaba eran los niños, muchos niños, de las manos de sus madres, con uniformes recién planchados camino a sus escuelas sin protestar, quizá extrañamente conscientes de lo importante de su misión.

Apenas de reojo pude ver el puesto de periódicos y curiosear en las primeras páginas: ninguna mala noticia, no notas rojas ni amarillas, no crímenes, nada malo. Sólo una gran foto de una madre levantando un tierno de pocos meses que sonreía a carcajadas con absoluta inocencia.

Ni siquiera reportajes de partidos de fútbol violentos o los vergonzosos salarios de los jugadores estrella.

Qué mañana! Qué día prometedor por delante!

Ni siquiera los autos, taxis o buses, nadie sonaba sus bocinas, las motos iban rápido, pero en silencio.

En cada rincón la gente sonreía discretamente pero alegre.

No sé de dónde provenía pero había música en las calles, música moderna pero no escandalosa, música vieja sonando a nueva, fresca. Cantantes desconocidos endulzando el ambiente con voz cristalina.

Entonces comprendí que no había despertado, que estaba en medio de un sueño, como pocos, como ninguno.

Un sueño lleno de todo lo que he soñado despierto y al que no le podría agregar nada, al que no le faltaba nada.

Estaban ahí todos los alegres y fantásticos deseos de la infancia, los rápidos y a veces violentos sueños de la adolescencia y luego, finalmente, los pensamientos serios que llegan con la madurez.

Un sueño que encierra la inocencia de soñar despierto y dormido, un sueño del que nunca quisiera despertar.

Vamos, acompáñeme, esta misma noche, este mismo día, sueñe despierto, sueñe de nuevo otra vez.

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