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El llamado de la Iglesia



thelmamejiaPor: Thelma Mejía

Tegucigalpa.- Se acercan las elecciones y con ello se calientan también las pasiones.  

Las apuestas están por doquier, así como las tiaminas, las misas y los rezos en espera del milagro. Nueve aspirantes presidenciales se preparan para la maratón final de los 100 metros el 26 de noviembre próximo.

El proceso tiene la característica del cambio de reglas a último momento. Un día amanecimos con el retorno del voto en plancha o raya continua, otro con que los alcaldes que aseguran “no harán campaña” no están obligados a rendir cuentas ni abrir sus libretas en los bancos como señala la ley de la política limpia. Han sido tantas las expectativas sobre esta ley que las sorpresas transcurren de a poco y se vuelven casi imperceptibles para la prensa y la ciudadanía.

Lo que no debe ser imperceptible es el llamado de la Conferencia Episcopal de cara a las elecciones generales. En ella, los obispos dicen que Honduras merece un futuro mejor y digno de respeto, porque “existe el peligro de que se nos escape este futuro si la política sigue siendo lo que ha sido en las últimas décadas y la postura de la mayoría de la población sigue siendo la falta de participación y de compromiso”.

Con esa introducción, la Conferencia Episcopal en uno de sus llamados más contundentes de los últimos tiempos llama a: Rehabilitar la política, Rehabilitar la democracia, Rehabilitar el Derecho y Rehabilitar la Esperanza. Cada uno de esos llamados tiene una lectura tan profunda que nos aproxima a una iglesia que busca mayor cercanía con su pueblo, atendiendo el llamado del Papa Francisco de salir de los púlpitos para ir por las calles a tomar el pulso al sentir del pueblo.

Cuando habla de “Rehabilitar la política”, los obispos apuestan por una política que evite el elitismo y erradique la pobreza. Nos exhorta a los ciudadanos a vencer el miedo y la desconfianza para no dejar la política a políticos y partidos inescrupulosos que juegan con la solidaridad y la necesidad humana.

Una política en donde los aspirantes a otros cargos electivos no estén anulados como en el actual proceso, como si se les hubiese castrado la dignidad de hablar, de proponer y escuchar. Es como ir a votar sin saber por quién, por qué y para qué. Es necesario rehabilitar y devolver la dignidad a la política.

Sobre la Rehabilitación de la democracia, la iglesia nos indica que los escenarios actuales en Honduras ponen en entredicho las condiciones de autenticidad y de claridad que debe garantizar, en los mecanismos de participación política, todo sistema democrático.  La democracia está en crisis y con ella sus valores, en especial el de la tolerancia.

La democracia está ligada al Derecho, el otro eje que hay que rehabilitar según la Conferencia Episcopal. Ese Derecho pasa por recobrar la institucionalidad, la separación de poderes y el respeto constitucional, nos recuerdan los Obispos. No son simples letras inspiradoras, son trozos de una Honduras que de un tiempo acá ya ni tiempo tiene para las angustias, demasiado manoseo, demasiada indignidad.

Por eso la iglesia plantea también rehabilitar la esperanza, esa a la que uno nunca renuncia en medio de la adversidad, esa que queremos oír los electores pero no con cantos de sirena, sino con verdad y justicia.

La esperanza, dicen los obispos, no es cruzarnos de brazos y esperar que otros hagan lo que nosotros no estamos dispuestos a hacer ni arriesgar. Es luchar por nuestras ideas y defenderlas, es no cerrar los ojos a la realidad para dar paso a las mentiras políticas. La esperanza es creer en un cambio y apostar por un futuro. 

Un futuro mejor en uno de los países más desiguales del mundo. Suena cuesta arriba pero de algo nos tenemos que agarrar. El 26 de noviembre tenemos en nuestras manos la fuerza del voto para ejercerlo sin coacción, sin miedo, sin amenazas y sin compra-venta de conciencia. Es para ejercerlo con dignidad.

Dignidad que como bien citan los obispos al referirse al Papa Francisco pasa porque no exista “ninguna familia sin vivienda, ningún campesino sin tierra, ningún trabajador sin derechos, ningún pueblo sin soberanía, ninguna persona sin dignidad, ningún niño sin infancia, ningún joven sin posibilidades, ningún anciano sin una venerable vejez”. Y ningún pueblo cabizbajo porque ha perdido su derecho a la libertad, a informarse plenamente y a decidir en libertad. Hay que rehabilitar la esperanza.

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