Tegucigalpa.- Maximina Barrientos, es una humilde mujer originaria de Texiguat, El Paraíso. Ella busca infructuosamente desde hace siete años a su hija, Sandra, quien se fue cuando tenía 20 años, en busca del sueño americano, pero hoy nadie sabe decirle en dónde se encuentra, con quién está.
Washington - La guerra de Irak, que hoy llega a su fin oficialmente, ha causado la muerte o heridas a cientos de soldados hispanos, pero también ha sido para muchas familias una senda hacia la ciudadanía de EE.UU.
Caracas - Armas, drogas y homicidios tras los muros es lo que la periodista venezolana Patricia Clarembaux recoge en su libro "A ese infierno ya no vuelvo", que cuenta el drama de las cárceles de su país, las más violentas de América.
En los 31 centros penitenciarios que albergan a unos 24.360
presos murieron 422 reclusos en 2008, lo que convierte a Venezuela
en el país del continente con más muertes violentas intramuros,
según datos del Observatorio Venezolano de Prisiones (OVP).
Afirma el Observatorio que el número de muertes violentas en las
prisiones venezolanas superó en 2008 las que hubo en todas las
cárceles de México, Brasil, Colombia y Perú juntas, y si se amplía
la muestra a los últimos diez años, se alcanza un total de 3.664
asesinados.
Desde las páginas del periódico "Tal Cual", Clarembaux se dedicó
durante tres años a denunciar el horror en el que "sobreviven" los
presos de su país, totalmente "olvidados por el Estado", que les
condena a vivir en "condiciones infrahumanas".
Cárceles hacinadas, sin paredes, en las que se acumulan la basura
y los excrementos, en las que los presos están mejor armados que los
guardias que los custodian y en las que se puede conseguir cualquier
droga fue lo que se encontró la periodista.
"Los penales convierten a los privados de libertad en seres
imposibles para la sociedad ya que en lugar de rehabilitarlos les
dan herramientas para ser mejores delincuentes", explica en una
entrevista a Efe Clarembaux, quien nunca se refiere a ellos como
presos para "no ofenderlos" y "humanizarlos".
Según la periodista, la causa principal de esta situación
proviene de fuera de los muros, de una sociedad en la que muchos
niños crecen en los barrios sin figura paterna, con madres que no
pueden prestar atención a su educación por trabajar todo el día y en
los que los delincuentes son el patrón ejemplar.
"En los barrios de Caracas la figura del malandro (delincuente)
es un héroe al que quieren imitar cuando sean mayores", añade, razón
por la que pueden, por delitos menores, acabar compartiendo celda
con asesinos o violadores ya que los presos en Venezuela no están
clasificados por sus crímenes.
En los centros de reclusión, el Estado es una mera figura
administrativa sin funciones reales que tiene que negociar todo lo
que hace con los líderes de la prisión, conocidos como "pranes".
Clarembaux los compara con la junta directiva de una empresa, que
toma las decisiones que acatan el resto de los trabajadores e
incluso el director del centro, que "no puede hacer nada sin
conversarlo con ellos porque puede provocar una masacre".
En las cárceles circula "mucho dinero, mucha droga y muchas
armas" (sólo en 2008 se requisaron 2.148 según OVP) por los negocios
"entre presos y con autoridades", lo que las convierte en "mafias
muy duras" donde los líderes concentran una gran cantidad de poder y
recursos.
Sin embargo, la periodista defiende que los pranes también son
los que dotan de programas de actividades a sus centros, mantienen
el orden y solucionan problemas como la basura o los conflictos
internos.
Por el contrario, son los centros más populosos, en los que hay
varios pranes, los más violentos ya que la prioridad es "imponerse
unos sobre otros" y de allí resultan la mayoría de las muertes
intramuros, destaca.
Sin embargo, lo que más impactó a Clarembaux en sus sucesivas
visitas a los distintos penales del país fue el mundo de "las
brujas", presos que defraudaron la confianza de alguien y a los que
nadie quiere recibir.
Un mundo que, según ella, es "en blanco y negro" y lo
protagonizan "los hombres más tristes que jamás haya visto".
Ni siquiera la religión sirve para redimir a este sector, ya que
los evangélicos, que tienen pabellones especiales y que son las
personas más respetadas dentro de los penales, exigen verdaderas
pruebas de fe para aceptar a sus miembros.
Clarembaux aclara que jamás entraría en un penal sin la compañía
de evangélicos, que "caminan por cualquier pabellón o celda, se
abrazan a todos y son respetados" a diferencia de los católicos, que
"no tienen ninguna credibilidad" en las cárceles.
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